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La Hora de la Verdad Para Nuestra América

  • Foto del escritor: Gonzalo Santos
    Gonzalo Santos
  • 11 ene
  • 31 Min. de lectura

Actualizado: 22 ene


Los Estados Unidos bajo Trump contra el mundo y su propio pueblo.


Por Gonzalo Santos[i]


[i] Profesor Emérito de Sociología, California State University, Bakersfield. Correo electrónico: gsantos@csub.edu. Internet: https://www.gonzalo-santos.com/ .


Resumen

Este ensayo intenta analizar la presente coyuntura por la que pasa los Estados Unidos y América Latina y el Caribe, desde una perspectiva de la sociología histórica del sistema-mundo. Intenta demostrar que la crisis interna en los EE. UU. y su renovada política imperialista hacia América Latina y el Caribe (y Groenlandia) están íntimamente relacionadas como el resultado de dos procesos históricos de distintas temporalidades: el fin del ciclo de la hegemonía global estadounidense y el fin de la vida del capitalismo histórico. En estas circunstancias en la que las estructuras y élites pierden su solidez y poderío sobre las sociedades, se abre el espacio para la acción colectiva de todas las fuerzas sociales subalternas, y con ello, las posibilidades de transitar a un nuevo y mejor sistema-mundo, o en medio del caos, hacia un cataclismo planetario. Depende de todos nosotros hacia donde vamos. Tenemos una nueva cita global con el destino. Manos a la obra.



Abstract

This essay attempts to analyze the current conjuncture in the United States and Latin America and the Caribbean from the perspective of the historical sociology of the world-system. It seeks to demonstrate that the internal crisis in the US and its renewed imperialist policy toward Latin America and the Caribbean (and Greenland) are intimately related as the result of two historical processes of different time-scales: the end of the cycle of US global hegemony and the end of historical capitalism. In these circumstances, where structures and elites lose their firmness and power over societies, space opens up for collective action by all subaltern social forces, and with it, the possibility of transitioning to a new and better world-system, or toward a planetary cataclysm. It depends on all of us where we go from here. Let's get to work.



I. Las dos crisis empalmadas en el mundo actual y nuestra aumentada agencia colectiva para enfrentarlas


Vengo advirtiendo desde el 2018 (Santos, 2018;  Santos, 2022a;  Santos, 2022b; Santos, 2024a; Santos 2024b;  y Santos, 2025) que Estados Unidos, la superpotencia cuya hegemonía global comenzó a declinar en la década de 1970 y cuyo declive se aceleró dramáticamente con la llegada de este siglo, lejos de seguir sirviendo como el próspero centro de la economía mundial y el constructor visionario y garante del orden mundial -como efectivamente lo fue después de la Segunda Guerra Mundial y durante la Guerra Fría-, se ha convertido en el principal generador y epicentro del caos sistémico en el sistema-mundo capitalista moderno.


Este turbulento proceso de fin de ciclo hegemónico se distingue de los anteriores del capitalismo histórico (el británico y el holandés) en que está ocurriendo simultáneamente, sobre empalmado a otros procesos seculares de más larga duración, afectado por y contribuyendo al fin de la vida misma del sistema-mundo capitalista (Arrighi et al, 1999 & 2009; Robinson, 2025).


O sea, también nos encontramos en el aún más significante, incierto, y turbulento periodo de transición sistémica hacia un futuro incierto - ya sea hacia un nuevo y superior sistema-mundo post-capitalista, en el mejor de los casos, o hacia el colapso de la civilización humana y la vida misma del planeta, en el peor. De ahí el gran reto para analizar correctamente, navegar por, y sobreponernos a esta complicada coyuntura histórica.


En estas caóticas y peligrosas condiciones de incertidumbre máxima alimentada por las dos crisis empalmadas, la resiliencia estructural del sistema y el usual poder de las cúpulas y élites mundiales disminuye y hasta desaparece; todos los actores sociales hoy tienen agencia, no solo las élites y los estados tanto del Norte como del Sur Global sino todas las fuerzas sociales en la sociedad civil global. (Wallerstein, 1998).


Esto incluye por supuesto a Estados Unidos y América Latina, a sus clases trabajadoras, sus estudiantes y sus estudiosos, sus pueblos indígenas y comunidades campesinas, las mujeres como tales, y muy especialmente a sus diásporas migrantes, que hoy en día son el principal puente social hemisférico y el nuevo sujeto histórico que carga la chispa de un futuro transnacional en sus morrales y en sus sueños no permitidos.


De todos depende lo que está pasando y lo que va a pasar. Todos estamos aportamos a la construcción o supresión de una visión de un mundo nuevo con una arquitectura innovadora y sustentable. Todos estamos contribuyendo - estemos conscientes de ello o no - con nuestra actuación social y personal, directa o indirectamente, a la dirección que el mundo y nuestras regiones están tomando, a la historia del mundo y de nuestras regiones aún por escribir.


Nos llegó la hora de la verdad y de la acción colectiva hacia nuestro destino compartido, para bien o para mal, y del que nadie puede o va a escapar.


Este breve ensayo es un intento de explicarnos a nosotros mismos por lo que estamos pasando en toda América, desde una perspectiva histórica y global, y lo que podemos y debemos hacer tanto en Estados Unidos como en América Latina y el Caribe. Se requieren urgentemente otros análisis y prescripciones similares en las otras regiones del mundo[i].


II.              La implosión acelerada de Estados Unidos bajo el proyecto MAGA fascista


 

Todo imperio y hegemonía termina y el estadounidense no es una excepción. Después de su indiscutible periodo de auge y supremacía global en las décadas posteriores a la Segunda Guerra Mundial, EE. UU. fue perdiendo sucesivamente su hegemonía económica, geopolítica, científico-tecnológica, ideológica y cultural; pero, en una anomalía única en la historia del sistema-mundo moderno, ha retenido su supremacía militar, lo cual lo ha llevado a confiarse más y más de ella para intentar revertir su declive hegemónico, lo cual paradójicamente solo lo ha hundido más velozmente, tanto por su altísimo costo como por su inefectividad en la era nuclear.


Lo que vemos hoy es un punto de inflexión en esta trayectoria de declive acelerado del hegemón estadounidense, en la cual el Estado y las clases dominantes han abandonado las estrategias anteriores y han adoptado un proyecto y una estrategia mucho más extrema y desesperada, que podemos francamente caracterizar como “fascismo del siglo 21” - muy similar al fascismo alemán de los años 30 del siglo pasado, adoptada por el estado nazi y la alta burguesía alemana como salida autoritaria domésticamente y agresivamente imperialista en el ámbito internacional a sus fallidos intentos hegemónicos, que los llevó a su derrota en la Primera Guerra Mundial y a la crónica crisis económica posterior.[ii]


Desde el ascenso al poder de Donald Trump en el 2017, y de nuevo en el 2025, esto ha ocurrido:


(1) En el terreno económico internacional, abandonó por completo la competencia económica internacional bajo un régimen de libre comercio, que otrora abanderara Estados Unidos con tanto alarde, promotor incansable del irrestricto libre comercio y el flujo de capitales y tecnologías, aunque fuera siempre de una forma asimétrica y ventajosa. Trump y su equipo adoptaron en su primer periodo medidas mercantilistas proteccionistas: altos aranceles a las importaciones y restricciones a las exportaciones de alta tecnología, especulaciones cambiarias con el dólar, y continuación del endeudamiento masivo (el más grande del mundo) para financiar el nivel de consumo general ya insostenibles, subsidios para aumentar la riqueza del Top One Percent oligárquico, y para seguir incrementando su poderío militar.


Estas políticas que, por cierto, Biden continuó y Trump agresivamente escaló en su segundo mandato, no han prevenido que el centro de gravedad de la economía mundial y la acumulación capitalista se reubiquen en China y en el este de Asia.


La incorporación de China a la OMC (WTO en inglés) en el 2001 y su apertura completa a los circuitos mundiales de inversión, manufactura, y acumulación capitalista, procesos inicialmente patrocinados por los EE.UU. como componente medular de su proyecto de globalización neoliberal, terminó llevando a China a sobrepasar a los Estados Unidos – ocupado en sus desastrosas “guerras interminables” de restauración hegemónica - en rama tras rama de producción, innovación tecnológica, comercio internacional, y acumulación global, volviéndolo en el principal inversionista, socio comercial, y prestamista del mundo – marcadamente en África, Asia, y Sudamérica.


Hoy China representa por sí sola una quinta parte de la producción económica mundial (20% del PIB mundial) - el este de Asia en su conjunto el 26%, logrando paridad con EE. UU. (26%) y Norteamérica (29 a 30% si incluimos a Canadá y México bajo el T-MEC). El año pasado, el gigante asiático rebasó por primera vez con más de un billón de dólares (trillón en inglés) su superávit comercial con el resto del mundo, a pesar de todos los aranceles que le impuso Estados Unidos. Y es que China ya no depende tanto del comercio con Estados Unidos como dependió hace 15 años. Estados Unidos, en cambio, solo logró reducir el año pasado, bajo el régimen de aranceles a todo el mundo, su gigantesco déficit comercial.


Otros beneficiarios que avanzaron en el plano económico internacional fueron (a) la Unión Europea, que se consolidó y expandió a 27 estados (y 10 en la lista de espera) a pesar de la salida de Gran Bretaña (BREXIT) en el 2016, y que hoy representa aproximadamente una sexta parte (16%) del PIB mundial (b) la alianza geopolítica BRICS+ del Sur Global (Brasil, Rusia, India, China, Sudáfrica y 6 otros países) que hoy representa del 37% al 44% del PIB mundial (ya mayor que el PIB del G-7 del Norte Global, y (c) el proyecto bolivariano de integración económica de América del Sur, fundado en el 2008 bajo el liderazgo del presidente venezolano Hugo Chávez durante la llamada “marea rosada” de gobiernos anti-neoliberales, y que logró significantes avances económicos y geopolíticos, como la CELAC, la Comunidad de Estados de América Latina y el Caribe, antes de entrar en remisión en el 2016 por divisiones políticas, aunque Lula en Brasil lo está reviviendo; lo mismo que Gustavo Petro de Colombia ha hecho con la CELAC).[iii]


(2) En el terreno económico, político, y social doméstico, el proyecto MAGA-trumpista pone al estado al servicio abierto y preferencial de los oligopolios corporativos y la alta burguesía, incluyendo asignando a billonarios a tomar el mando directo de secretarías y agencias federales); cancela lo queda del contrato social del New Deal, desmantela el estado benefactor hacia las clases trabajadoras, subvierte los derechos sociales, culturales, políticos, y laborales alcanzados por los trabajadores, las mujeres y las minorías étnicas y sexuales conquistados en el pasado siglo; amplía aún más el complejo industrial militar, carcelario, y de seguridad (de por sí agigantados en la Guerra Fría y luego en la Guerra Contra el Terrorismo); erosiona el orden constitucional democrático (federalismo y balance de poderes, elecciones libres, fuerte estado de derecho, y la gobernanza bipartidista) y lo sustituye con un estado autoritario, unipartidista, altamente centralizado y violatorio de las leyes, excesivamente corrupto y cleptocrátco basado en el culto al líder máximo, con una ideología ultranacionalista con fuertes matices de supremacía y revanchismo racial blanco, xenofobia abierta, y fanatismo religioso.


En particular, el proyecto MAGA-Trumpista convierte a las diásporas migrantes y etnias latinas en su principal chivo expiatorio - así como lo hicieron los nazis con los judíos - a las cuales criminaliza y sataniza, algo que empezó décadas atrás pero que hoy lleva al Estado a lanzar feroces e indiscriminadas redadas en vecindarios urbanos, las cortes, los hospitales, las escuelas, los centros de trabajo, los comercios y las iglesias, produciendo terror en la sociedad, un nivel récord de detenciones y encarcelamientos en el vasto gulag carcelario erigido en administraciones anteriores, y deportaciones masivas que flagrantemente violan el debido proceso.


Esto no empezó con Trump. Desde hace décadas Estados Unidos ha ido adaptando políticas de inmigración cada vez más restrictivas hacia los flujos migratorios de no europeos, incluyendo a los flujos de refugiados en el mundo y solicitantes de asilo en sus fronteras, y tomado medidas cada vez más punitivas hacia la migración irregular tanto en el interior del país como en sus fronteras. Todo un complejo industrial carcelario y de deportaciones ya había sido erigido (el Gulag Americano) que ha venido absorbiendo un presupuesto federal mayor al de todas las otras agencias federales encargadas de hacer cumplir la ley. El proyecto Maga trumpista ha cuadruplicado estos presupuestos en su segundo periodo, expandido la red carcelaria para encerrar hasta 100,000 inmigrantes, multiplicado enormemente los vuelos de deportación, y lanzado las mayores redadas al interior del país desde la infame Operation Wetback de mediados de los años 50 del siglo pasado. Para ello ha contado con más de $175 mil millones de dólares aprobados por el Congreso en julio del 2025. También ha clausurado toda inmigración legal de 75 países y prácticamente cerrado todas las fronteras a solicitantes de asilo.[iv]


Todo ello ha permitido la acelerada militarización de las policías y agencias del orden – especialmente las agencias de control de inmigración, cuyos agentes ya andan sueltos como una fuerza paramilitar sin identificación y enmascarados, violentando a la gente sin recato alguno a toda norma de comportamiento legal y respeto a la ciudadanía. Y durante todo el 2025 hemos sido testigos del creciente uso del ejército mismo, y de otras agencias federales y guardias nacionales en las redadas anti-inmigrante en múltiples ciudades, bajo el pretexto de apoyar a la migra pero sin duda entrenándose para las futuras acciones represivas anticipadas cuyo blanco serán los sectores y movimientos sociales de ciudadanos estadounidenses que protesten y se resistan al proyecto fascista. Esos sectores incluyen no solo a las comunidades de color sino a la población blanca que salga a protestar, tildada por Trump y sus asociados como “terroristas domésticos”, “Antifa”, “marxistas comunistas”, y “enemigos de la patria”.


Los más afectados inicialmente, como hemos dicho, han sido los inmigrantes indocumentados, sus familias “mixtas” y las comunidades étnicas donde residen; pero también hemos visto como la brutalidad policiaca se ha incrementado en las comunidades negras y como se han disparado los crímenes de odio contra las comunidades no blancas y/o no cristianas. También la homofobia, la misoginia, y la transfobia se han manifestado virulentamente, llevando a crímenes de odio y leyes que afectan sus derechos y seguridad colectiva. Y ya la migra empieza a golpear, arrestar, y balacear a ciudadanos estadounidenses – no solo a latinos y afroamericanos, sino a blancos, como acabamos de presenciar el 7 de enero del presente año con el asesinato a quemarropa de Renee Nicole Good en Minneapolis, una observadora legal de una redada en curso, por un agente de ICE – inmediatamente acusada por la secretaria del DHS de ser una “terrorista doméstica.”


Ya empiezan a percatarse los ciudadanos estadounidenses, blancos y no blancos, que las crueles y violentas acciones del régimen de Donald Trump vienen encaminadas hacia ellos también, lo cual ha desatado una enorme oleada de protestas en las calles y vaticina una resistencia social cada vez mayor y más extensa. Y eso va a invitar la represión del Estado hiper-militarizado.


Todo esto está generando un enorme espiral de caos en el sistema político y de gobierno estadounidense, causado una polarización social extrema, y engendrado cada vez mayores episodios de violencia social y represión estatal.


El imperio esta implosionando por dentro.


Una última observación sería notar que cuando terminó la Guerra Fría, el estado némesis de EE. UU., la URSS, fue el que primero que se desplomó, y que lo hizo por dentro - por el peso acumulado de las propias y viejas contradicciones en su seno. Y cuando se desplomó, lo hizo pacíficamente, sin un disparo, sin guerra civil (excepto en Chechenia) ni mucho menos una guerra internacional.


Ahora, y contra todo ese triunfalismo universal que acompañó a los círculos de poder en los EE. UU. en el periodo inmediato de la posguerra fría, los que se desploman son ellos y sus sueños de recuperar la hegemonía global perdida. Y cuando, en desesperación y desvergüenza, recurren a adoptar un proyecto fascista similar al que derrotaron 80 años atrás, lo que están causando es implosionar a su propio país en una apoteosis de represión estatal y violencia social, con muy graves consecuencias para el futuro de su país, que tanta sangre ha vertido por su libertad y prosperidad con justicia social. No merecen gobernar.


Hoy la feroz y despiadada represión del estado y el odio fomentados por el MAGA-trumpismo están siendo dirigidos hacia los inmigrantes, las etnias no blancas, y otros grupos vulnerables, pero cada día que pasa el blanco se expande, afectando a todas las comunidades – incluyendo al 58% de la población que es blanca. El único camino que les queda es la resistencia social.


Pase lo que pase en Estados Unidos afectará al mundo – y en especial a Nuestra América, América Latina, el Caribe, y sus diásporas latinas en EE. UU. ya constituyen el 20% de su población. Hay que ayudar a enderezar la ruta de ese país antes de que explote. La solidaridad con su pueblo pluricultural, de inmigrantes, y de larga tradición democrática, en su lucha contra el proyecto fascista MAGA trumpista es tan urgente y vital como la solidaridad de el pueblo estadounidense hacia los pueblos del mundo que están luchando contra las agresiones imperialistas yanqui inspiradas por ese mismo proyecto.


III.            La renovada embestida imperialista estadounidense hacia el hemisferio occidental



El resultado a nivel internacional  – el punto de inflexión que hoy presenciamos – consiste en la gran escalada de políticas ultra-proteccionistas del proyecto MAGA-trumpista (que inclusive afecta a sus principales socios comerciales en Norteamérica), y su derrame del ámbito económico al ámbito de la geopolítica, centrándose esta vez en el continente americano,  como fue anunciado formalmente como el “Corolario Trump” en su nueva Estrategia de Seguridad Nacional (National Security Strategy descargable aquí)  (White, House, 2025): Estados Unidos unilateralmente declara que de ahora en adelante el hemisferio occidental constituye su zona de exclusividad económica y geopolítica. O sea, le pertenece, se lo apropia, y punto.


El audaz cálculo parece ser que dado el fracaso económico y geopolítico del ex hegemón en Europa (vis-a-vis Rusia y la Unión Europea), Asia (vis-a-vis China e India), y África (vis-a-vis China y Europa), y los desastres y caos en el Medio Oriente (incluyendo el genocidio en Gaza), el lema MAGA “America First” que en el primer mandato de Trump tenía connotaciones puramente mercantilistas y geopolíticamente aislacionistas, está siendo redefinido como la decisión de desobligarse del multilateralismo, de toda alianza, tratado, organismo y ley internacional[v] para adoptar sin ataduras una estrategia geopolítica regional muchísimo más agresiva.[vi]


Esta vez, no se retira detrás de sus fronteras nacionales - como en el primer mandato, incluso con exclusión de sus vecinos inmediatos y principales socios comerciales, México y Canadá - sino se repliega estratégicamente a una vasta y autodenominada "esfera de influencia" consistente en todo el hemisferio occidental, donde pretende de ahora en adelante dominar y proyectar todo su poder para su exclusivo beneficio estadounidense, sin requerir la aprobación de nadie, incluidos los estados latinoamericanos, cuyas soberanías nacionales quedan de ahora en adelante anuladas - sin ninguna adhesión a ningún principio de coexistencia civilizada, justificación moral o derecho internacional -, incluidos los que rigen la Organización de Estados Americanos (OEA), una alianza que Estados Unidos ayudó a establecer cuando era hegemónica.


A nivel del sistema interestatal del sistema-mundo, esto representa una declaración de que los Estados Unidos reniega del orden internacional que él mismo instaló después de la Segunda Guerra Mundial, reniega de la carta de las Naciones Unidas, la carta de la Organización de Estados Americanos y de todas las otras obligaciones panamericanas que contrajo, y que ha decidido regresar al sistema de rivalidades inter imperialistas del siglo 19 y principios del 20, donde no imperó otra ley que la ley del más fuerte, condujo a la desenfrenada explotación y saqueo del mundo colonial, y provocó dos guerras mundiales.


En el contexto actual, la nueva doctrina MAGA estadounidense específicamente constituye una declaración de guerra económica contra China (y de paso las otras potencias económicas extracontinentales) en las Américas. Y es, por supuesto, un ataque frontal a la soberanía, integridad territorial, y autodeterminación de las naciones y estados del continente americano (y Groenlandia/Dinamarca).


El hecho que China ya es el principal socio comercial de Sudamérica, con cuantiosas inversiones en el continente, o que Dinamarca es miembro de la OTAN y la anexión forzada de Groenlandia provocaría la disolución de ésta, le importan un bledo, aparentemente, al régimen MAGA trumpista (aunque ya presenciamos como éste ha temporalmente desistido de sus amenazas militares ante el repudio universal tanto doméstico como internacional).


Algunos pensarán que todo esto es inaudito e inesperado en pleno siglo 21, suponiendo que hemos dejado esa horrenda historia en el pasado. Pero un somero repaso de la evolución histórica de la relación EE. UU.- América Latina, combinado con un repaso de los graves problemas que el ex hegemón global y sus menguados intereses estratégicos enfrentan hoy, nos explica por qué decidió replegarse y tratar de dominar de nuevo a todo el continente americano, como su única estrategia que cree que le queda.


Y digo que “cree que le queda” porque Estados Unidos – especialmente ahora que se ha apegado al proyecto MAGA-trumpista – ha sido, y continúa siendo, dominado en su interior por una insaciable y rapaz plutocracia y sus élites del poder siempre han sido, y continúan siendo, imperialistas de hueso colorado. Solo que antes lo disimulaban y hoy se han descarado por completo, a la usanza de Teddy Roosevelt y su garrote.


He aquí , para los que aún requieran convencerse, un repaso mínimo de la Doctrina Monroe - recomiendo el nuevo libro “America, América” de Greg Grandin (2025):


Si inicialmente la Doctrina Monroe (enunciada en 1823, pero inicialmente propuesta por la cancillería británica) declaraba que EE. UU. le cerraría el paso a la expansión colonial europea en las Américas en sus luchas por la independencia – especialmente los intentos de España para recuperar su imperio – ya para 1898 se basó en ella para lanzar su propia guerra imperialista contra España, para hacerse de sus remanentes coloniales en el Caribe y Asia (Cuba, Puerto Rico, Guam, y las Filipinas).



Bajo el “Corolario Roosevelt”, enunciado en 1904 por Teddy Roosevelt, EE. UU. declaró su auto derecho irrestricto de intervenir militarmente en el continente para proteger sus intereses económicos y “restaurar el orden” donde lo juzgara pertinente, inaugurando el periodo de “diplomacia de cañoneras” (gunboat diplomacy) que condujo a múltiples invasiones yanqui y cambios de regímenes en México, el Caribe y Centroamérica, incluyendo la intervención para escindir a la provincia de Panamá de Colombia, construir el famoso Canal, y hacerse del canal y su franja por cien años (manotazo relativamente moderado comparado a haberse tomado Guantánamo en Cuba “a perpetuidad” y hacerse de Puerto Rico y las Filipinas como colonias).


Esta postura abierta y orgullosamente imperialista de los Estados Unidos bajo la Doctrina Monroe modificada continuó hasta que el segundo Roosevelt (Franklin) enunciara su llamada “Política del Buen Vecino” (Good Neighbor Policy) en 1934, de respetar la soberanía y buscar la alianza de los países latinoamericanos en anticipación a la Segunda Guerra Mundial – sin que ello le previniera instalar las dictaduras “bananeras” en los años 30 de Anastasio Somoza en Nicaragua, Fulgencio Batista en Cuba, y Rafael Trujillo en la República Dominicana.


Después de la Segunda Guerra Mundial y durante todo el periodo de la Guerra Fría, la Doctrina Monroe resucitó como una agresiva y paranoica doctrina de seguridad nacional, supuestamente anticomunista y antisubversiva, proyectada hacia todo el continente. Lo que Estados Unidos en realidad quería prevenir a toda costa era la autonomía geopolítica e independencia económica de los países de América para su priorizar su propio desarrollo.


Eso llevó a una larga serie de golpes de estado e invasiones: Guatemala y Paraguay (1954), Haiti (1957), Brasil (1964), República Dominicana (1965), Bolivia (innumerables veces), Cuba (1961), Chile y Uruguay (1973), Argentina (1976), las guerras de contrainsurgencia en Centroamérica en los años 70s y 80s, Granada (1983), Panamá (1989), Honduras (2008), y Venezuela (2002 y 2019).


De 1975 hasta 1981, Estados Unidos orquestó una campaña encubierta de terror, tortura, desapariciones, y asesinatos, “Operación Condor”, que coordinó inteligencia y entrenamientos en ocho países de Sudamérica, contra todo movimiento democrático, sindical, o de disidencia a las dictaduras militares pro-estadounidense de la época (Lessa, 2025). Cuba, aparte de sufrir una invasión en 1961 y un férreo bloqueo económico impuesto desde 1962 hasta la fecha, fue sometida a una implacable campaña de acciones terroristas por décadas (Ferrer, 2022). En México, está bien documentado como el movimiento estudiantil pro-democrático de 1968 fue brutalmente reprimido en coordinación con la CIA (Bartley & Bartley, 2015).



Y ahora, bajo el “Corolario Trump”, Estados Unidos ha llevado a cabo la invasión relámpago de Venezuela y la decapitación del régimen de Nicolás Maduro, bombardeado lanchas y decomisando buques petroleros, y está exigiendo que se le entregue a los EE. UU. y sus compañías todos los recursos minerales y petroleros (las reservas más grandes del mundo), bajo amenaza de nuevas invasiones. Es el principio de un prolongado periodo de desestabilización, con altas probabilidades de más intervenciones y ataques militares en la región pan-caribeña (que incluye el norte de Sudamérica, Centroamérica, México, y el Caribe), que desemboquen en guerras civiles, golpes de estado, estados fallidos, y nuevos grandes flujos de poblaciones desplazadas y expulsadas.


El régimen de Trump ingenuamente le apuesta – así como el régimen de Bush Jr. le apostó cuando invadió Irak en el 2003 con 200,000 tropas para derrocar al régimen de Sadam Hussein – que con solo efectuar un ataque espectacular (táctica denominada Shock & Awe), el régimen y el pueblo de Venezuela se someterán a sus ilegítimos y depredadores dictados imperiales.


Nada más lejano de la realidad. Los pueblos del Sur Global ya han aprendido, desde las guerras de Vietnam, Argelia, y las colonias portuguesas en África, a interpretar este tipo de espectáculos como lo que son: una pantomima de poder imperial, que, aunque pueden causar mucho daño, ya no se pueden imponer por mucho tiempo, como sí lo hacían en la era de imperialismos desde el siglo 19 y hasta la Segunda Guerra Mundial.


El mundo ya se descolonizó, y no va a volver a ser recolonizado; no por nada el presidente Mao llamó al imperialismo yanqui, en medio de la feroz guerra de Vietnam, un “tigre de papel”. Si ese fue el caso a pesar de que el presidente Lyndon Johnson mandó medio millón de soldados reclutados a la fuerza, y el presidente Richard Nixon bombardeó Vietnam con más bombas que en toda la Segunda Guerra Mundial, y ya en este siglo las “guerras interminables” de Estados Unidos en el Asia central terminaron en desastrosas, costosas, e ignominiosas derrotas, cuantimás ahora, que solo ocurrió una “invasión lite” que ni siquiera involucró desembarcar tropas de ocupación ni cambio de régimen, reduciéndose Trump y sus secuaces a la bravuconería mediática, ametrallar lanchas y decomisar buques petroleros para torcerle el brazo al régimen chavista.


Además, Estados Unidos está en franca bancarrota fiscal, aunque disfrazadamente, acumulando sin reparo una deuda nacional federal que hoy ya llega a los $38.4 billones de dólares (trillones en inglés), resultado de su pérdida de hegemonía económica mundial y costos desastres militares, y ya no tiene ni los recursos ni el apoyo de su pueblo para andar invadiendo a nadie por tiempo prolongado.


Y finalmente, en términos de su supremacía militar, Estados Unidos sigue siendo un coloso con poder nuclear y la tecnología militar más avanzada, pero con pies —y yo añadiría, estómago— de barro. Carece incluso de los recursos del Tesoro para financiar a las compañías petroleras que tendrán que gastar los estimados cien mil millones de dólares para reparar la infraestructura de la industria petrolera venezolana; ni siquiera con subsidios están particularmente dispuestas estas compañías a hacerlo, dada la gran incertidumbre geopolítica que prevalece y el complejo contexto económico negativo que conlleva  - véase “Las grandes petroleras saben que los planes de Trump para Venezuela son delirantes” (Karma, 2026).

Pero lo principal que hay que resaltar de este proyecto anacrónico es que Estados Unidos es ya un viejo tigre, muy escopeteado y raquítico, y de papel muy picado. La estrategia neoimperialista de seguridad nacional bajo el proyecto MAGA fascista está destinado al más abyecto fracaso en su renovado intervencionismo en el continente americano.


Nada de eso, sin embargo, a prevenido a Trump y sus secuaces a imaginarse un mundo “repartido” entre tres estados imperiales, Rusia, China, y Estados Unidos; y desde que volvió a la Casa Blanca a puesto en la mira de posibles intervenciones en “su zona” a México, Panamá, Venezuela, Colombia, Groenlandia, Cuba, y Nicaragua, si no acatan los dictados de Washington.



Ya ha llegado a un acuerdo con Panamá, cuyo presidente expulsó sumariamente a las empresas portuarias chinas de ambos lados del canal; y también con el presidente de El Salvador, quien ha permitido —y se ha beneficiado— del encarcelamiento en su atroz gulag de solicitantes de asilo venezolanos y otros deportados de Estados Unidos.


Y de nuevo, como en el tiempo de AMLO, ha presionado implacablemente a la presidenta de México, Claudia Sheinbaum, quien ha venido cedido poco a poco al incesante torrente de onerosas demandas (“cooperando sin subordinarse”, dice ella) que Trump y su equipo presentan a su gobierno en esas constantes “reuniones de alto nivel sobre las relaciones bilaterales”, sobre temas de migración, seguridad y penetración económica, todo eso supuestamente bajo los principios rectores de “Respeto a la soberanía e integridad territorial, Responsabilidad compartida y diferenciada, Respeto y confianza mutuos, y Cooperación sin subordinación”. Todo es un teatro kabuki.


Ante las incesantes amenazas de imponer altos aranceles e intervenciones militares en México, el gobierno de Sheinbaum (al igual que el de AMLO) ha seguido una estrategia de "alimentar al tigre para evitar el zarpazo", pero de forma encubierta: se mantienen escrupulosamente las apariencias, se exhibe invariablemente un discurso nacionalista y una postura digna, serena y prudente; el gobierno se esmera en convocar periódicamente su apoyo popular (que es indiscutiblemente muy amplio) para demostrar su determinación de "defender la soberanía nacional".


Pero, poco a poco, ha ido cediendo en lo sustancial. México, por ejemplo, ya ha desplegado 10,000 soldados en su frontera norte para interceptar migrantes (anteriormente, AMLO hizo lo mismo en la frontera sur con 25,000 efectivos de la Guardia Nacional), ha aceptado a más de 145,000 mexicanos deportados desde que Trump asumió el cargo —29,000 en vuelos al sur del país para evitar su regreso—, ha recibido a unos 12,000 deportados más de terceros países y ha expulsado y bloqueado a muchos miles más de transitar por su propio territorio; ha acelerado la captura y extradición extralegal de capos de la droga; y ha impuesto aranceles recientes de hasta el 50% a diversas importaciones procedentes de China y otros países asiáticos; todo ello en cumplimiento de las directivas draconianas de Washington bajo la "Doctrina Donroe", como la llama Trump.


Y eso no es todo. Vale la pena citar a la analista mexicana Viridiana Ríos (2025) en su reciente artículo, "Lo que Trump realmente quiere de México", para comprender hasta qué punto la administración de Donald Trump busca dominar México. Tras revisar la lista de exigencias que la administración Trump hace persistentemente al gobierno de la presidenta Claudia Sheinbaum en todas esas reuniones bilaterales a puerta cerrada, concluye:


Trump no quiere que México sea su socio comercial. Quiere que México sea un productor barato, sumiso y colonizado por empresas estadounidenses que gocen de ventajas regulatorias y estructurales. Tampoco quiere un México capaz de implementar políticas industriales que beneficien a empresas mexicanas. En el listado de peticiones de Estados Unidos a México, solo unas cuantas aluden a asuntos verdaderamente bilaterales o de beneficio mutuo. La mayoría son exigencias destinadas a que México modifique su marco regulatorio en favor de las empresas estadounidenses o les allane el camino para dominar nuestro mercado y debilitar la competitividad nacional. La exigencia central es la alineación total de México con los intereses económicos de Estados Unidos.

 

En resumen, y como podemos ver, no se trata solo de Venezuela. América Latina, el Caribe, y Groenlandia están bajo el ataque de un imperialismo estadounidense renovado, voraz, y autoritario bajo un nuevo proyecto fascista, MAGA. Por lo tanto, lejos de ser prudente o recomendable que los Estados afectados adopten en esta coyuntura una estrategia estrecha y miope de "sálvense quien pueda" o de "esquivar el zarpazo y esconderse", o peor aún, capitular y rendirse ante el neoimperialismo Maga trumpista, lo que se necesita es unirse alrededor de una condena universal y coordinada a este giro imperialista, incluyendo expresar la solidaridad firme e inequívoca hacia Venezuela, el resto de América Latina y el Caribe, y Groenlandia/Dinamarca.[vii]


Esta enérgica condena y genuina solidaridad son especialmente requeridas del propio pueblo estadounidense, que también está bajo ataque, y muy particularmente de sus diásporas inmigrantes y las comunidades latinas que residen allí y que están siendo brutalmente perseguidas.


Para activar esta solidaridad se requiere un nivel de organización y coordinación transnacional e interseccional sin precedentes entre el pueblo estadounidense y los pueblos y gobiernos de América Latina y el Caribe, involucrando a sus respectivas diásporas inmigrantes en EE. UU. y a los 65 millones de latinos en el país, así como la coordinación con todos los demás sectores sociales a ambos lados de las fronteras afectadas por el proyecto MAGA de Trump.


Los países de América Latina, el Caribe y Groenlandia tienen pleno derecho a su soberanía e independencia, al control total de sus propios recursos y a mantener relaciones económicas y geopolíticas con quien deseen, sin interferencia de nadie, incluyendo las relaciones entre ellos para forjar una gran zona de paz y prosperidad, y a poder contribuir con una voz fuerte, autónoma, clara y unificada en todos los foros mundiales.


Ese es el sueño bolivariano, y esa es la visión que cientos de millones de latinoamericanos han abrazado a lo largo de este siglo. Ya no se les negará el futuro que anhelan ni su fuerte presencia en la historia mundial. Aquellos que quieran recolonizar las Américas sólo cosecharán la tormenta.


IV. En resumen: Estados Unidos implosiona y hoy ataca a América Latina y el Caribe con su proyecto imperialista/fascista MAGA. ¡No pasarán!


Los Estados Unidos tienen una larga y deshonrosa historia de intervencionismo en el continente americano, de subvertir democracias y ahogar las justas aspiraciones de sus pueblos, de explotar a sus trabajadores y saquear sus recursos. También tiene una larga y deshonrosa historia de subyugar, esclavizar, desposeer, y explotar a sus razas, naciones indígenas, etnias y diásporas inmigrantes tanto europeas como no europeas.


Por razones de la evolución del sistema-mundo capitalista, Estados Unidos se consolidó, después de una Guerra Civil que casi los parte en dos, como una de las potencias del mundo. Y como tal, aspiró, asumió, y luego perdió la hegemonía global del sistema-mundo capitalista.


En ese trayecto tuvo grandes logros: derrotó, junto con la Unión Soviética y otros aliados, a la amenaza mundial fascista, instauró un nuevo orden mundial basado en las leyes internacionales y la gobernanza multilateral, apoyó la descolonización de África y Asia (siempre y cuando fuera del lado del “mundo libre”), introdujo innovaciones tecnológicas al mundo y trajo prosperidad; y después de largas y difíciles luchas sociales de sus propias clases y comunidades subalternas, explotadas y marginadas, se dio a la tarea de construir una sociedad multicultural liberal más justa, abierta, tolerante, equitativa, e incluyente, expandiendo paso a paso, lucha a lucha, su limitada democracia y su limitado contrato social.


Todo esto, sin que dejara de ser un país profundamente capitalista, siempre controlado, a veces con más generosidad y otras con menos, vía su peculiar duopolio, por los grandes capitalistas y otras élites militares y culturales. Todo iba relativamente bien cuando culminó su hegemonía global y surgió una vibrante cultura que exportó al mundo - aunque también exportó violencia.


Lo que ocurrió es que, ante la falta de cambios en el arraigado poder oligárquico, tanto en sus estructuras económicas como políticas, cuando Estados Unidos comenzó a perder su hegemonía global e intentó recuperarla a toda costa, comenzó a revertir todo el progreso social logrado por sus trabajadores durante la era del New Deal, y por grupos étnicos, mujeres y otros durante la era del Movimiento por los Derechos Civiles. Y para justificar la mayor transferencia de riqueza del 99% más pobre al 1% más rico en la historia del país, recurrió cada vez más, eventualmente con una obsesión verdaderamente patológica, a la búsqueda de chivos expiatorios y a la persecución de las diásporas de inmigrantes latinoamericanos y caribeños, con una ferocidad particularmente implacable hacia los mexicanos, centroamericanos, haitianos y cubanos. Los demócratas liberales, cada vez más cómplices de las estructuras plutocráticas de riqueza y poder, no lograron evitarlo, y los republicanos supieron cómo explotarlo.


El centro liberal se deslegitimizó y se derrumbó, dando paso a una derecha cada vez más radical. Mientras tanto, la izquierda, domesticada y cooptada por el éxito del proyecto del New Deal y el proyecto de los Derechos Civiles que ayudaron a instaurar, y despiadadamente purgada durante la rabiosa caza de brujas anticomunista de la era McCarthy, demostró ser demasiado débil para crear una alternativa radical viable contrapuesta a la derecha radical.


De esta asimetría política y vacío ideológico surgió el proyecto fascista MAGA (Make America Great Again - Hacer que Estados Unidos Vuelva a Tener Grandeza), que hoy ataca directamente a todos los estratos sociales subalternos de Estados Unidos en beneficio de sus insaciables élites de poder, generando en el proceso un espiral de caos, polarización, violencia social, represión estatal y una completa falta de gobernanza.


Esta ofensiva reaccionaria oligárquica también ha propiciado el surgimiento de una nueva izquierda radical, más combativa, audaz y con visión de futuro, manifestada en las dos campañas presidenciales de Bernie Sanders y la aparición de los movimientos Occupy, Black Lives Matter, Me Too, del cambio climático y pro-derechos de los inmigrantes – hoy extendido al gran movimiento de los ciudadanos estadounidenses por defender a sus comunidades y preservar sus derechos de libre expresión, de protesta pacífica, a lo largo y ancho de todo el país. La batalla por fin ya se inición entre ambos bandos. El destino del país cuelga en la balanza.[viii]


El lado anverso de este proceso de implosión de la antigua superpotencia hegemónica es su ostentoso y peligroso abandono del orden internacional que ella misma erigió, y su retorno al imperialismo depredador más descarado en América, enfrascado en una guerra fría geopolítica y geoeconómica abierta —si aún no militar— con China, la superpotencia emergente del sistema-mundo, y con todas las demás potencias extracontinentales. El crudo y fallido impulso anexionista hacia Groenlandia muestra hasta qué punto está dispuesto a llegar Estados Unidos bajo el gobierno de Trump para atacar incluso a sus aliados de la OTAN y correr el riesgo de disolver esa estratégica alianza militar.


La respuesta de China no será militar por ahora, sino económica, política y diplomática. China no necesita armas, aunque las posee, para responder al imperialismo estadounidense, como ha demostrado, en las recientes negociaciones sobre tierras raras, su capacidad para someterlo sin recurrir a ellas.[ix] Pero el inicio de una nueva etapa de rivalidades geopolíticas entre las grandes potencias más severas y peligrosas está desestabilizando y generando un gran caos en el sistema-mundo.



Y todo esto, insisto, se superpone y contribuye al caos que se despliega en el turbulento período de transición del moribundo sistema-mundo capitalista a uno nuevo, mucho más capaz de brindar soluciones sistémicas urgentes a los agudos problemas sistémicos que enfrenta el mundo.


Entre estos problemas, los más destacados son la necesidad de una arquitectura integral, justa, y sostenible de gobernanza global; otra, la de crear una economía mundial que fomente un desarrollo compartido, equitativo y sostenible y que reduzca las desigualdades globales; otra, la de mitigar el cambio climático y prevenir/combatir las pandemias; otra, la de abolir la guerra y prohibir las armas nucleares; otra, la de garantizar un contrato social universal que extienda la ciudadanía a nivel regional y transnacional; y otra, la de regular las nuevas tecnologías para el bien de la humanidad, especialmente la biotecnología, la robótica, las comunicaciones y la inteligencia artificial.


A pesar de los enormes desafíos que enfrentamos, esta es también una era de inmensas posibilidades, donde la capacidad de acción que todos llevamos dentro —incluso el aleteo de una mariposa, que, según los teóricos del caos, puede causar un huracán— puede influir en el rumbo del mundo. En estas condiciones de incertidumbre sistémica, donde las estructuras crujen, si no es que se derrumban, poseemos renovada capacidad de acción, tenemos agencia histórica.


No será posible la transición a un sistema mundial nuevo y superior, capaz de resolver todos estos desafíos, sin la participación de todos, incluyendo, por supuesto, a China y Asia Oriental, pero también a Estados Unidos, Rusia e Israel, los mayores generadores de violencia en el mundo actual, y otros estados rouge cuyo comportamiento atroz no pudimos analizar en este ensayo, aunque también merecen tener que rendir cuentas ante el mundo y ser llevados al redil, como las fuentes más peligrosas del creciente caos, sufrimiento, violencia e inestabilidad global.


Es necesario enfrentar y derrotar todas las tendencias implosivas nacionales e internacionales explosivas, restaurar y transformar los Estados y sociedades que lo necesitan con urgencia, para encaminarlos hacia la senda constructiva que el mundo les reclama a ellos y a todos los demás países que ya están en esa senda: una colaboración global sin restricciones para construir una paz duradera, una prosperidad compartida, y abolir todos los intentos de imponerse por la fuerza.


Otros países ya lo están haciendo. Por difícil que parezca el panorama actual, ¿podrán Estados Unidos cambiar a tiempo? ¿Rusia e Israel? ¿Otros estados rouge? ¿Toda la humanidad?


Lo sabremos antes de mediados de siglo... si es que logramos llegar. De todos depende lograrlo. Ha llegado la hora de la verdad. Sí podemos. ¡Manos a la obra!


V. Bibliografía


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VI. Notas


[i] En particular, urge abordar teórica e históricamente el significado del espectacular ascenso de China y el Este de Asia en general, especialmente su carácter hibrido – limítrofe del marxismo-leninismo, por un lado, y de un capitalismo “con características chinas” (o japonesas o coreanas), por el otro; la aparición de una guerra proxy inter imperialista en el centro de Europa (EE.UU./OTAN vs. Rusia) en Ucrania, relacionado a la problemática evolución de su proyecto de integración europea (UE) excluyente de Rusia, hasta hace poco tan sumiso a la hegemonía estadounidense, y hoy rebasado por temas como la migración inter- e intra-continentales, y el resurgimiento de movimientos y partidos fascistas. También urge abordar lo que pasa en el Mundo Árabe, en el África subsahariana, y en las instituciones de gobernanza internacional.


[ii] Para un análisis alternativo que explica el comportamiento actual de EE. UU., desde una perspectiva conservadora, como el bienvenido retorno a la dinámica geopolítica estadounidense de hace 120 años, en contraposición a la alemana de hace 90 años, véase Ferguson (2026). De hecho, se puede argumentar que lo que presenciamos hoy es una combinación completamente inadaptada y anacrónica de ambos comportamientos en esta era de transición sistémica.


[iii] La Unión Europea también acaba de anunciar un amplio pacto comercial con cuatro países sudamericanos –Brasil, Argentina, Uruguay y Paraguay– que crearía una de las zonas de libre comercio más grandes del mundo, conectando mercados con más de 700 millones de personas (New York Times, 6 de enero de 2026).


[iv] Ver Nancy Hiemstra & Deirdre Conlon (2025); Jacobin (2025); Lytle Hernandez (2010); Gedeon (2026).


[v] El 7 de enero de 2026, el presidente Donald Trump firmó un memorando presidencial que ordenaba a Estados Unidos retirarse de 66 organizaciones internacionales - 31 entidades afiliadas a las Naciones Unidas y 35 organizaciones no pertenecientes a la ONU. Entre las organizaciones y tratados destacados de los que Estados Unidos se retira se incluyen:

Clima y medio ambiente: La Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (CMNUCC) (el tratado fundacional de 1992 para el Acuerdo de París), el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC), la Alianza Solar Internacional y la Organización Internacional de las Maderas Tropicales.

Derechos humanos y política social: ONU Mujeres, el Fondo de Población de las Naciones Unidas (UNFPA) y la Oficina de la Representante Especial sobre la Violencia Sexual en los Conflictos.

Desarrollo y gobernanza: UNCTAD (Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo), el Fondo de las Naciones Unidas para la Democracia y el Instituto Internacional para la Democracia y la Asistencia Electoral (IDEA Internacional).

Seguridad y cooperación: El Foro Mundial contra el Terrorismo, la Alianza para la Cooperación Atlántica y la Comisión de Venecia. (Ver NPR, 2026).


[vi] Vale la pena comparar esta nueva estrategia con la anterior del régimen de Joe Biden (White House, 2022), que enfatizaba como su más alta prioridad la guerra geoeconómica con China, pero también la contención geopolítica con Rusia e Irán basándose en la OTAN y el multilateralismo de la ONU y la OEA.


[vii] Es muy alentador, en ese sentido, ver las protestas masivas en solidaridad con Venezuela que se han visto en las calles de muchas ciudades de América Latina y el Caribe, y el papel que México y Brasil jugaron para condenar la invasión estadounidense en la OEA y la ONU. También ha sido muy alentador ver el rechazo inmediato, contundente y unificado a las amenazas de invadir e intentos de “comprar” a Groenlandia que el régimen de Trump ha escalado, por parte de los Estados miembros de la Unión Europea, incluyendo su firme rechazo y contra amenaza al burdo intento de imponerles aranceles. Por último, el mundo acaba de darle una ovación de pie al Primer Ministro de Canadá, Mark Carney, en el Foro Económico Mundial de este año en Davos, Suiza, por su contundente declaración de que la Pax Americana ha terminado y que de ahora en adelante Canadá buscará activamente otros socios comerciales y geopolíticos además de Estados Unidos (véase Stevis-Gridneff y Austen, 2026).


[viii] Para analizar a fondo el papel estratégico que ya juegan las diásporas mexicanas y latinoamericanas en la visión y construcción de una Norteamérica mejor integrada, balanceada, racional y justa, con un contrato social mucho más incluyente y avanzado que la que vimos en el previo proceso de integración neoliberal asimétrico, socialmente injusto y políticamente caótico, y que ahora vemos en pleno proceso de desintegración caótico por el Maga trumpismo, ver a Santos (2024c).


[ix] Cabe destacar, como botón de muestra, el acuerdo clave que sellaron China y Canadá el 16 de enero para la reducción mutua de aranceles. Contrástese esto con la imposición servil por parte de México de aranceles del 50% a China.





 
 

Unidad Panamericana por Diego Rivera, 1940

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