La hora de la verdad en las Américas
- Gonzalo Santos

- 14 jul
- 46 min de lectura
Los Estados Unidos bajo Trump: contra el mundo, su propio pueblo, y las diásporas migrantes Por Gonzalo Santos[1]
Resumen
Este ensayo intenta analizar la presente coyuntura por la que pasa los Estados Unidos y América Latina y el Caribe, desde una perspectiva de la sociología histórica del sistema-mundo. Parte de la tesis que la crisis interna en los EE. UU. que tanto afectan a las diásporas migrantes hoy ferozmente perseguidas, y la renovada política exterior imperialista hacia América Latina y el Caribe (y Groenlandia e Irán) están íntimamente relacionadas con dos procesos históricos de distintas temporalidades: el fin del ciclo de la hegemonía global estadounidense y el fin de la vida del capitalismo histórico. En estas circunstancias en las cuales las estructuras y élites pierden su solidez y poderío sobre las sociedades resurge el fascismo, la represión social, y las guerras, empujándonos hacia el caos y un posible cataclismo planetario; pero también se abren los espacios para la acción colectiva de las fuerzas sociales subalternas, entre ellas las de los migrantes y sus diásporas, y con ello, la posibilidad de transitar a un nuevo y mejor sistema-mundo post-capitalista.
Palabras clave: #CrisisSistémica #CrisisHegemónica #EstadosUnidos #AméricaLatina #Caribe #DoctrinaDonroe #Migración #DiásporasLatinas
I. Las dos crisis empalmadas en el mundo actual y nuestra acrecentada agencia colectiva para enfrentarlas.
Estados Unidos de América, la indisputable superpotencia mundial del siglo pasado, comenzó a declinar en su hegemonía global en la década de los años 70, proceso que se aceleró dramáticamente con la llegada del siglo 21. Muy lejos atrás quedó el periodo inmediato a la Segunda Guerra Mundial, cuando fungió como el próspero y dinámico centro de la economía mundial y el constructor innovador, visionario, y garante de un nuevo orden internacional. Desde principios de este siglo, en su afán por recobrar su hegemonía perdida, se ha convertido en el principal generador y epicentro del caos sistémico en el sistema-mundo capitalista moderno (Wallerstein, 2003).
Aunque el caos geopolítico que generó recayó violenta y principalmente en Asia Central y Medio Oriente, hoy el caos político y social ya lo alcanzó y crece tanto a su interior nacional como por toda la zona de su influencia histórica – América Latina y el Caribe. Parte medular de este creciente caos, tanto en Estados Unidos como por todo el continente, se ha gestado en torno al tema de la migración – tanto irregular como legal – fruto del mismísimo modelo neoliberal exportado por EE. UU. a la región, solo para volverse estigmatizada, criminalizada y reprimida.[2]
Y para complicar aún más las cosas, el turbulento proceso de fin de ciclo hegemónico estadounidense se distingue de los dos anteriores del capitalismo histórico (el británico y el holandés) en que está ocurriendo sobre empalmado a procesos estructurales “seculares”, de mucho más larga duración, que están contribuyendo al fin histórico de la vida misma del sistema-mundo capitalista (Arrighi et al, 1999; Arrighi 2009; Robinson, 2025).
Nos encontramos en el aún más significante y turbulento periodo de transición sistémica hacia un futuro incierto - ya sea hacia un nuevo y superior sistema-mundo post-capitalista, en el mejor de los casos, o hacia el colapso de la civilización humana y la vida misma del planeta, en el peor de ellos (Hopkins y Wallerstein, 1996). De ahí surge el gran reto para analizar correctamente, navegar por, y buscar la manera de sobrevivir esta complicada coyuntura histórica.
En estas caóticas y peligrosas condiciones de incertidumbre máxima alimentada por las dos crisis empalmadas, la resiliencia estructural del sistema y el usual poder de las cúpulas y élites mundiales disminuye y hasta desaparece; eso permite que todos los actores sociales hoy tengan renovada agencia, no solo las élites y los estados tanto del norte como del sur global sino todas las fuerzas sociales en la llamada sociedad civil global. (Wallerstein, 1998).
Esto incluye por supuesto a los pueblos de Estados Unidos y América Latina, a sus clases trabajadoras y grupos étnicos, sus estudiantes, artistas e intelectuales, sus pueblos indígenas y comunidades campesinas, a las mujeres como tales, y muy especialmente a las diásporas migrantes, que hoy en día son el principal puente social hemisférico y el nuevo sujeto histórico que carga la chispa de un futuro y una identidad transnacional nueva en sus morrales y en sus sueños no permitidos.
De todos depende, por lo tanto, lo que está pasando y lo que va a pasar. Todos estamos aportando a la construcción o supresión de una visión de un mundo nuevo con una arquitectura más justa, innovadora y sustentable. Todos estamos contribuyendo - estemos conscientes de ello o no - con nuestra actuación social y personal, directa o indirectamente, a la dirección que el mundo y nuestras regiones están tomando, a la historia del mundo y de nuestras regiones aún por escribir.
Este breve ensayo es un intento de explicarnos a nosotros mismos por lo que estamos pasando en toda América, desde una perspectiva histórica y global, y lo que podemos y debemos hacer tanto en Estados Unidos como en América Latina y el Caribe. Se requieren urgentemente otros análisis y prescripciones similares para las otras regiones del mundo[3].
II. La implosión acelerada de Estados Unidos bajo el proyecto MAGA-trumpista[4]
Todo imperio y hegemonía termina y el estadounidense no es una excepción. Después de su indiscutible periodo de auge y supremacía global en las décadas posteriores a la Segunda Guerra Mundial, EE. UU. fue perdiendo sucesivamente su hegemonía económica, geopolítica, científico-tecnológica, ideológica y cultural; pero, en una anomalía única en la historia del sistema-mundo moderno, ha retenido su supremacía militar, lo cual lo ha llevado a confiarse más y más de ella para intentar revertir su declive hegemónico, lo cual paradójicamente solo lo ha hundido más velozmente, tanto por su altísimo costo como por su inefectividad en la era nuclear (Arrighi, 2005a y 2005b) .
Lo que vemos hoy es un punto de inflexión en esta trayectoria de declive acelerado del hegemón estadounidense, en la cual el Estado y las clases dominantes han abandonado las estrategias anteriores y han adoptado un proyecto y una estrategia mucho más extrema y desesperada, que podemos francamente caracterizar como “fascismo del siglo 21” - muy similar al fascismo alemán de los años 30 del siglo pasado, adoptada por el Estado nazi y la alta burguesía alemana como salida autoritaria e imperialista a sus fallidos intentos hegemónicos, que los llevó a su humillante derrota en la Primera Guerra Mundial y a una crónica crisis económica posterior.[5]
Desde el ascenso al poder de Donald Trump en el 2017, y de nuevo en el 2025, esto ha ocurrido:
II.1. En el terreno económico y geopolítico internacional, Trump abandonó por completo la competencia económica internacional bajo un régimen de libre comercio, que otrora abanderara Estados Unidos con tanto alarde, promotor incansable del irrestricto libre comercio y el flujo de capitales y tecnologías, aunque fuera siempre de una forma asimétrica y ventajosa. Trump y su equipo adoptaron en su primer periodo medidas mercantilistas proteccionistas: altos aranceles a las importaciones y restricciones a las exportaciones de alta tecnología, especulaciones cambiarias con el dólar, y continuación del endeudamiento masivo (el más grande del mundo) para financiar el nivel de consumo general ya insostenibles, subsidios para aumentar la riqueza del Top One Percent oligárquico, y para seguir incrementando su poderío militar.
Estas políticas que, por cierto, Joe Biden continuó y Trump agresivamente escaló en su segundo mandato, no han prevenido que el centro de gravedad de la economía mundial y la acumulación capitalista se reubiquen en China y en el este de Asia. Un breve repaso destacaría lo siguiente:
La incorporación de China a la Organización Mundial de Comercio (OMC, WTO en inglés) en el 2001 y su apertura completa a los circuitos mundiales de inversión, manufactura, y acumulación capitalista, procesos inicialmente patrocinados por los EE.UU. como componente medular de su proyecto de globalización neoliberal, terminó llevando a China a sobrepasar a los Estados Unidos – ocupado éste desde el 2001 en sus desastrosas “guerras interminables” de restauración hegemónica – en rama tras rama de producción, innovación tecnológica, comercio internacional, y acumulación global, volviéndose China en el principal inversionista, socio comercial, y prestamista del mundo – marcadamente en África, Asia, y Sudamérica.
Hoy China representa por sí sola una quinta parte de la producción económica mundial (20% del PIB mundial) - el este de Asia en su conjunto el 26%, logrando paridad con EE. UU. (26%) y Norteamérica (29 a 30% si incluimos a Canadá y México bajo el T-MEC). El año pasado, el gigante asiático rebasó por primera vez con más de un billón de dólares (trillón en inglés) su superávit comercial con el resto del mundo, a pesar de todos los aranceles que le impuso Estados Unidos. Y es que China ya no depende tanto del comercio con Estados Unidos como dependió hace 15 años. Estados Unidos, en cambio, apenas logró reducir su gigantesco déficit comercial el año pasado bajo el régimen de elevados aranceles a todo el mundo, sin lograr superávit alguno.
Otros beneficiarios que avanzaron en el plano económico internacional fueron (a) la Unión Europea, que se consolidó y expandió a 27 estados (y 10 en la lista de espera) a pesar de la salida de Gran Bretaña (BREXIT) en el 2016, y que hoy representa aproximadamente una sexta parte (16%) del PIB mundial; (b) la alianza geopolítica BRICS+ del Sur Global (Brasil, Rusia, India, China, Sudáfrica y 6 otros países) que hoy representa del 37% al 44% del PIB mundial y es mayor que el PIB del G-7 del Norte Global.
Sudamérica es un caso de avance, estancamiento, y retroceso. En 2008, durante la llamada “marea rosada” de gobiernos anti-neoliberales, se lanzó un ambicioso proyecto de integración económica continental, la Unión de Naciones Suramericanas (Unasur), bajo la visión bolivariana del presidente venezolano Hugo Chávez. Al principio, todos los países de Sudamérica participaron; pero para 2018 y a falta de avances sostenidos y por cambios de regímenes políticos, muchos países suspendieron temporalmente su membrecía. Al proyecto de integración geopolítica de América Latina, la CELAC, o Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños que reúne a los 33 países del continente y excluye a EE. UU. y Canadá le ha ido solo un poco mejor. Fundada en 2010, sigue siendo un foro importante, sin deserciones, aunque debilitado por la avalancha de regímenes de ultraderecha electos en la región y el lanzamiento del Escudo de las Américas, una iniciativa estadounidense de cooperación militar y geopolítica multinacional en la región, y que ya cuenta con 14-17 estados miembros.[6]
II.2. En el terreno económico y político doméstico, el proyecto MAGA-trumpista pone al Estado al servicio de los oligopolios corporativos y la alta burguesía, incluyendo designando a billonarios al mando de secretarías y agencias federales sujetas a recortes draconianos; agresivamente cancela lo que queda del contrato social del New Deal; desmantela el estado benefactor hacia las clases trabajadoras; subvierte los derechos sociales, culturales, políticos, y laborales alcanzados por los trabajadores, las mujeres y las minorías étnicas y sexuales conquistados en el pasado siglo; amplía aún más el complejo industrial militar, carcelario, y de seguridad (de por sí agigantados en la Guerra Fría y luego en la Guerra Contra el Terrorismo); erosiona el orden constitucional democrático (federalismo y balance de poderes, elecciones libres, el estado de derecho, y la gobernanza bipartidista) y lo intenta sustituir con un Estado autoritario, unipartidista, altamente centralizado y violatorio de las leyes, excesivamente corrupto y cleptocrático, basado en el culto al líder máximo, con una ideología ultranacionalista con fuertes matices de supremacía y revanchismo racial blanco, xenofobia desbocada, y fanatismo religioso. La democracia estadounidense está en una crisis severa.
La reciente decisión de la Suprema Corte de Justicia de nulificar el Voting Rights Act de 1965 destruyó el fundamento legal de la construcción previa de una democracia multirracial. Aunado al retorno de una teología política cristiana fundamentalista, patriarcal, e intolerante, y la concentración extrema de la riqueza y el poder en manos de una voraz plutocracia y un sistema político corrupto a su servicio, estamos ya en tiempos de extrema polarización social y severos conflictos políticos. Pero también se está abriendo una ventana histórica – como no ha ocurrido desde el período previo a la Guerra Civil hace más de 150 años – para la movilización de todos los actores sociales, dominantes y subalternos, que nos pueden llevar a profundos y radicales cambios en las estructuras políticas, económicas, y sociales del país, provocando un verdadero renacimiento de la nación, como ocurrió en 1865. Esta vez, como veremos más adelante, los procesos de luchas sociales y el renacimiento que acarren no serán exclusivamente domésticas, internas al Estado-nación americano, sino necesariamente tendrán que abarcar a la región de Norteamérica, y muy posiblemente al hemisferio occidental en su totalidad.
II.3. En el terreno social doméstico, aunque son muchos los grupos sociales que han sido el blanco de ataques del proyecto MAGA-trumpista (las mujeres y grupos de identidad sexual, los afroamericanos y otros grupos étnicos, los medioambientalistas, los sindicalistas, etc.), este movimiento fascista se ha ensañado particularmente y desde un principio contra las diásporas migrantes y las etnias latinas, y otras no Europeas o no cristianas, convirtiéndolos en su principal enemigo doméstico y chivo expiatorio, tal como lo hicieron los nazis alemanes contra los judíos, los eslavos, y los gitanos en su ascenso al poder estatal absoluto. [7]
Desde la campaña presidencial de Trump en 2015 y durante todo su primer mandato, durante el periodo de Biden (como oposición), y desde que entró Trump a la Casa Blanca por segunda vez en 2025, no ha cesado el MAGA-trumpismo de estigmatizar, bloquear la entrada, criminalizar, perseguir, detener, y deportar no solo a los migrantes indocumentados – mayoritariamente latinos – sino a una larga lista de migrantes legales: a los solicitantes de asilo que fueron legalmente admitidos o que arriban y se presentan en las fronteras; a los refugiados de las guerras y persecuciones (exceptuando a los blancos sudafricanos y ucranianos), desplazamientos forzados, y desastres naturales, a los que ya fueron admitidos legalmente en el país bajo el Temporary Protected Status (o TPS); a los Dreamers, que llegaron de niños sin papeles y que desde 2012 comenzaron a acceder al programa de protección temporal DACA (Deferred Action for Childhood Arrivals); a los visitantes y turistas de 39 países de mayoría musulmana o sancionados (Corea del Norte, Venezuela, Cuba, Palestina); a los estudiantes, científicos, y académicos universitarios extranjeros, residentes o solicitantes de visa que se manifiesten o detecten estar en contra de la política exterior estadounidense (especialmente en referencia a Israel y sus acciones genocidas contra los palestinos); a los residentes legales permanentes, portadores de la famosa green card y hoy sujetos a perderla por un creciente número de infracciones – y desde junio de este año sujetos de ser sumariamente deportados al regresar de viaje, a discreción de agentes fronterizos – ; y por último, a los inmigrantes legales ya naturalizados como ciudadanos estadounidenses, hoy sujetos a procesos de persecución, desnaturalización, y deportación a juicio del secretario de Relaciones Exteriores y del departamento de Justicia.
Como podemos ver, lo que empezó en los años 70, 80, y 90 del siglo pasado como leyes cada vez más restrictivas y punitivas, pero centradas exclusivamente en suprimir la migración irregular no autorizada (indocumentada), que era abrumadoramente mexicana en esas décadas, apoyadas ampliamente por ambos partidos políticos al mismo tiempo que apoyaron múltiples y generosas leyes de migración legal (1965), refugio y asilo (80s y 90s), se tornó en el siglo 21 en un virulento movimiento nativista, xenofóbico, con tintes de supremacismo blanco y nacionalismo cristiano, tal como el que surgió a finales del siglo 19 y principios del 20 en EE. UU.
Este último ocurrió cuando solo los hombres blancos podían votar e imperaba el Apartheid racial en la nación. El movimiento nativista anglosajón WASP (White Anglo Saxon Protestant) se basó en la fraudulenta pseudociencia de eugenesia que predicaba la inferioridad genética hereditaria de los migrantes, minusválidos, y razas no anglosajonas para imponer una ley en 1924 que duró hasta 1965 y cerró prácticamente toda migración legal que no proviniera del noreste europeo anglosajón, afectando principalmente a los otros migrantes europeos y a todos los migrantes asiáticos (aunque permitió establecer dos programas temporales de trabajadores agrícolas, el bracero mexicano y la migración de hombres filipinos, por pertenecer ellos a una colonia estadounidense). Aunque las diásporas que arribaron antes de 1924 no fueron expulsadas y se asentaron en marginadas comunidades étnicas, el porcentaje de inmigrantes en la población estadounidense se desplomó del 13.4% en 1920 a 4.7% en 1970, la más baja de su historia. Este impacto demográfico fue el resultado planeado por los ideólogos de la Gran Nación Anglosajona.
Algo similar ha venido ocurriendo desde que se intentaron imponer nuevas leyes federales y estatales draconianas contra la migración indocumentada a principios de siglo 21 (basadas en una ley anti-inmigrante en California de 1994, y otras dos federales en 1996), impulsadas principalmente por el partido Republicano y su base social primordialmente blanca, con un partido Demócrata multiétnico haciendo concesiones cada vez mayores para salvaguardar, según ellos, los derechos de los migrantes legales.
A pesar de que el intento de criminalizar y sancionar la migración irregular provocó en el 2006 el surgimiento del movimiento pro-inmigrante más grande de la historia de los EE. UU. – movilizando a 6 millones de migrantes a las calles de cientos de ciudades ese año para exigir una reforma migratoria justa – los ataques no cesaron; el Congreso y múltiples estados siguieron pasando leyes anti-inmigrante, bloqueando todo intento de reforma migratoria parcial o integral justa, y autorizando cada año más y más fondos para que la maquinaria de detenciones y deportaciones continuara creciendo a pasos agigantados, tanto bajo las administraciones republicanas de Ronald Reagan, George H. Bush, y George W. Bush como de los demócratas Bill Clinton y Barack Obama.[8]
La mesa estaba puesta para que surgiera el proyecto MAGA-trumpista en 2015, para que triunfara principalmente satanizando como criminales, terroristas, y violadores a los migrantes indocumentados, y tan pronto entró Trump al poder ensañarse no solo contra los desesperados migrantes queriendo cruzar la frontera sin permiso, sino extendiendo los viciosos ataques a todos los sectores de migrantes no blancos – legales permanentes y temporales, asilados y refugiados, residentes y en camino, familias enteras y niños, inclusivo a los naturalizados ciudadanos, como ya mencionamos.
El proyecto Maga-trumpista ha cuadruplicado en su segundo mandato los presupuestos que el duopolio autorizó en su primer mandato; ha expandido la red carcelaria para encerrar, en condiciones de hacinamiento, maltrato y negligencia (ya van más de 50 fallecidos en este mandato) hasta 100,000 inmigrantes al día (actualmente están encerrados alrededor de 68,000 al día); ha multiplicado a miles los vuelos de deportación, tanto a países de origen como “terceros países” remotos (o a México); ha deportado formalmente a 452,000 personas del interior del país en lo que va de su segundo mandato, como 1,100 al día (aproximadamente 70% sin récord criminal y solo el 5% convictos de crímenes violentos), y quiere deportar a más de 3,000 al día (un millón al año); para ello ha firmado más de 1,500 nuevos acuerdos de cooperación con agencias del orden locales y estatales para detener migrantes, por encima de los 300 que existían; ha lanzado las mayores redadas militarizadas al interior del país desde la infame Operation Wetback de mediados de los años 50 del siglo pasado.
Para todo ello la segunda administración de Trump ha contado con más de $175 mil millones de dólares aprobados por el Congreso en julio del 2025 y $70 mil millones más aprobados en junio de este año.
Esta infusión de recursos no le ha prevenido aumentar la de por sí alta cuota para aplicar a la ciudadanía un 80%, ni prácticamente clausurar toda inmigración legal de 75 países, ni cancelar el programa de aceptación de refugiados (con excepción de unos 6 mil blancos sudafricanos), ni cerrar todas las fronteras a solicitantes de asilo, dejándolos varados en México, ni intentar terminar el programa TPS a migrantes de 14 de los 17 países afectados (ya la Suprema Corte le acaba de permitir hacerlo con los migrantes residentes originarios de Haití y Siria).
Pero sí les ofrece a los migrantes residentes “auto-deportarse”, ofreciéndoles $3000 y boletos de avión gratis a los que participen (73 mil migrantes lo han hecho). Y no se diga seguir expandiendo el “gulag” de centros de detención de migrantes, que fluctúa entre los 200 y 270 sitios activos, dependiendo de los contratos locales. Mantener el gulag cuesta a los contribuyentes $11.2 mil millones de dólares anuales, que van a dar a las arcas de las grandes compañías carcelarias, a lo que hay que sumar un fondo de expansión masivo de $45 mil millones de dólares a cuatro años autorizado el año pasado. Se estima que la población migrante indocumentada de 11.8 millones aporta cada año $90 mil millones de dólares, sin recibir beneficio federal alguno. Lo que sí recibe a cambio, cruelmente, es una feroz persecución, y la detención y deportación masivas que estamos presenciando.
Las cortes le están facilitando a Trump todas estas cosas. A pesar de que la Suprema Corte recién le negó a Trump la derogación de la enmienda 14 de la Constitución para abolir la ciudadanía por nacimiento a hijos de inmigrantes irregulares, temporales, o turistas, le acaba de autorizar extender a todo el territorio nacional las “deportaciones express” que ocurren en las fronteras con los recién llegados – violando el debido proceso de migrantes residentes de mucho tiempo. También le acaba de permitir deportar a inmigrantes viajeros de retorno con tarjeta verde a discreción de agentes fronterizos, gravemente restándole seguridad y protección a ese estatus.
La situación de los Dreamers con DACA también ha empeorado. La historia de la veintena de intentos fallidos de pasar el Dream Act desde 2001 – ley que legalizaría permanentemente a los Dreamers – ha sido una triste demostración de la falta de voluntad política por parte de ambos partidos para por lo menos proteger e incorporar plenamente a estos jóvenes “americanos en todo sentido menos papeles".
En su primer mandato, Trump intentó cancelar el programa temporal DACA, pero la Suprema Corte se lo negó, así como le negó agregar una pregunta de ciudadanía al censo decenal. Pero ya en el segundo mandato, las cortes le han permitido a Trump suspender el acceso al programa DACA a cientos de miles de Dreamers, duplicar cuotas y reducir de 3 a 2 años el periodo de renovación, y dilatar exageradamente los trámites de renovación – causando perdidas de empleo a los Dreamers. También ordenó Trump negarle el acceso a los Dreamers con DACA al programa de cuidado de salud federal conocida como Obamacare (Affordable Care Act), atacado a universidades que le ofrecen becas a los Dreamers con DACA, y demandado a 9 estados por ofrecerle colegiatura de residente a Dreamers con o sin DACA.
Mucho más preocupante es que la Suprema Corte esté a punto de abolir el programa DACA, deslegalizando al más de medio millón de Dreamers activos en el programa y exponiéndolos a las deportaciones al igual que el otro medio millón de Dreamers sin DACA.
Trump no se está esperando – en lo que va de su mandato ha deportado a 86 Dreamers con DACA y detenido a más de 260. Muchísimos más niños – 145,000 – ya han sido separados de por lo menos un padre deportado o detenido, 22,000 de ambos padres. Y aún quedan más de 1,300 niños no-reunificados que fueron separados de sus padres en la frontera en el primer mandato de Trump, de los más de 5000 niños separados en el 2018. Hay más de 4 millones de niños ciudadanos en EE. UU. viviendo con por lo menos un padre indocumentado (más de 5 millones viviendo con un familiar indocumentado). El departamento de Vivienda y Desarrollo Urbano ha emitido la regla de negarle acceso a este tipo de familias “mixtas” los programas federales de vivienda, afectando a por lo menos 80 mil personas y 37 mil niños.
También el departamento de Transporte ha prohibido a inmigrantes temporales o indocumentados acceso a las licencias comerciales para conducir camiones, afectando a 200 mil camioneros migrantes y sus familias. La agencia USCIS, que expide tarjetas verdes, anunció que suspenderá la práctica de hace mucho tiempo de permitir a no-ciudadanos que entraron legalmente a los EE. UU. (novias y esposas, estudiantes, trabajadores temporales, etc.) solicitar tales tarjetas sin salir del país – ahora tendrán que hacerlo en sus países de origen. Las múltiples trabas y requisitos que el departamento de Estado ha impuesto a los prospectos estudiantes extranjeros ha llevado a que se desplome un 20% o más su matriculación en las universidades estadounidenses. Y hasta los empresarios migrantes, muchos de ellos Republicanos y trumpistas, se están topando con la nueva orden federal de que ya no serán elegibles a prestamos federales para sus pequeños negocios.
Esa es la política hostil del régimen MAGA-trumpista hacia los inmigrantes, con el fin de aterrorizarlos, prevenir su asentamiento e integración social, estigmatizarlos, negarles un sustento, cuidado médico, educación superior, o vivienda, y hacer por todos los medios que se vayan. El sueño americano para los migrantes en Estados Unidos se ha convertido en la peor pesadilla MAGA-trumpista. Hasta los familiares migrantes de los cubanos y venezolanos que votaron por Trump les está cayendo la pesadilla de una feroz persecución, detención y deportación. Nadie está a salvo en este proyecto MAGA-Trumpista y su campaña masiva de limpieza étnica contra las comunidades migrantes no blancas y sus comunidades étnicas asentadas – especialmente las comunidades latinas.
Nada de esta persecución y opresión a las comunidades étnicas y diaspóricas tiene sentido económico alguno: los casi 48 millones de inmigrantes residentes en EE. UU. – 14.3 % de la población - contribuyen $652 mil millones de dólares anualmente en impuestos - $420 mil millones al gobierno federal y el resto a los estados y municipios; su poder adquisitivo rebasa el $1.7 billón (trillón en inglés) de dólares; los 30.7 millones de inmigrantes que participan en la fuerza de trabajo (17.7%) son vitales para la economía y esenciales para la sociedad, como ya lo vivimos durante la pandemia del COVID; los 3.9 millones de empresarios inmigrantes renuevan el dinamismo de centenas de comunidades y dan empleo a millones de ciudadanos estadounidenses; su aporte cultural a la nación no se diga: siempre ha sido y sigue siendo incalculable.
Tratar de arrancarle al país millones de familias trabajadoras arraigadas desde hace décadas, o negarle asilo y protección a aquellos que huyen de las catástrofes ambientales y humanas, es negar los valores humanos universales y el sentido más elemental de justicia social y fraternidad humana que conforman el ideario de este país, aparte de tensionar gravemente las relaciones con los países vecinos en las Américas.
La raíz ideológica de la xenofobia que hoy aflige a Estados Unidos es irracional y premoderna, y solo se explica en base a la desesperación de una élite que ansía recobrar a toda costa su desvanecido poder hegemónico en un mundo capitalista que se también se desmorona, y su afán de ejercer la dominación política de una nación que exige cambios y políticas radicales para enfrentar y resolver los graves problemas que enfrenta. Recurre al racismo y la xenofobia para dividir y confundir al pueblo del origen de sus problemas. Usa la teoría del “Gran Reemplazo” – una ponzoñosa teoría de conspiración que postula un complot orquestado por los judíos para invadir el país de migrantes no-blancos para reemplazar a la raza blanca cristiana – como cien años atrás usó la fraudulenta teoría de la eugenesia (HIAS Staff, 2026).
Pero en la realidad del mundo actual, expulsar y perder a su propia fuerza de trabajo, y enganchar el futuro económico y el pacto social de un país multiétnico y democrático como EE. UU. a un proyecto excluyente de corte fascista y supremacista racial representa un pacto de suicidio nacional que el pueblo estadounidense debe rechazar y ya empieza a rechazar – no se digan sus comunidades migrantes y étnicas latinas y afroamericanas.
Hoy por hoy estamos presenciando una acelerada militarización de las policías y agencias del orden – especialmente las agencias de control de inmigración, cuyos agentes ya andan desatados como una fuerza paramilitar, sin identificación y enmascarados, violentando a la gente sin recato alguno a toda norma de comportamiento legal y respeto a la ciudadanía.
Ya fuimos testigos durante 2025 del creciente uso del ejército mismo y de otras agencias federales y guardias nacionales en las redadas anti-inmigrante en múltiples ciudades, bajo el pretexto de apoyar a la migra, pero sin duda ensayando para futuras acciones represivas contra los sectores y movimientos sociales de ciudadanos estadounidenses que protesten y se resistan al proyecto fascista. Esos sectores incluyen no solo a las comunidades de color sino a la población blanca misma que salga a protestar, tildada incesantemente por Trump y sus asociados como “terroristas domésticos”, “Antifa”, “marxistas”, comunistas”, y “enemigos de la patria”.
La brutalidad policiaca ha incrementado en las comunidades afroamericanas y se han disparado los crímenes de odio contra las comunidades gay, musulmanas y judías. La migra desplegada en las ciudades ya golpea abiertamente, arresta, y hasta balacea a ciudadanos estadounidenses – no solo a latinos y afroamericanos, sino a blancos, como presenciamos el 7 y el 24 de enero del presente año con el asesinato a quemarropa de Renee Nicole Good y Alex Jeffrey Pretti en Minneapolis – ambos observadores legales de una redada de ICE en curso, ambos inmediatamente difamados por la secretaria del DHS de ser “terroristas domésticos.”
Ya empiezan a percatarse los ciudadanos estadounidenses, tanto blancos como no blancos, que las crueles y violentas acciones del régimen de Donald Trump van encaminadas también hacia ellos y sus libertades, lo cual ha desatado una enorme oleada de protestas en las calles que vaticina una resistencia social cada vez mayor y más extensa. Desgraciadamente, dada la correlación de fuerzas actual, también va a invitar más represión del Estado hiper-militarizado.
Todo esto está generando un enorme espiral de caos en el sistema político estadounidense, causado una polarización social extrema y engendrado cada vez mayores episodios de protesta pacífica y violencia estatal.
El imperio está implosionando en su centro.
A manera de contraste, podemos comparar esta violenta implosión a la manera como la U.R.S.S., el estado némesis de EE. UU. durante la Guerra Fría, terminó fragmentándose y desapareciendo. La Unión Soviética fue el que primero de los dos superpoderes de la era que se desplomó, y lo hizo por dentro - por el peso acumulado de las propias y viejas contradicciones en su seno. Y cuando se desplomó, lo hizo pacíficamente, sin un disparo, sin guerra civil (excepto en Chechenia), ni mucho menos una guerra internacional. Treinta años después, Rusia ha consolidado un Estado autoritario y una renovada política exterior imperialista similares al MAGA-trumpismo.
Ahora, y contra todo ese triunfalismo universal y proclamas del “nuevo siglo americano” que acompañó a los círculos de poder en los EE. UU. en el periodo inmediato de la posguerra fría, los que se desploman son ellos y sus sueños peregrinos de recuperar la hegemonía global irremediablemente perdida. Y cuando, en desesperación y desvergüenza, recurren a adoptar un proyecto abiertamente fascista similar al que ayudaron a derrotar 80 años atrás, lo que solo están causando es implosionar a su propio país en una apoteosis de represión estatal y violencia social, con muy graves consecuencias para el futuro de ese país, que tanta sangre ha vertido por su libertad y prosperidad compartida. No merecen gobernar. Y para el pueblo estadounidense, como al ruso, el único camino que les queda es la resistencia social al MAGA-trumpismo y putinismo, y construir nuevas nación-estados bajo renovadas visiones de su papel respectivo en el mundo, nuevas arquitecturas política-económica, y nuevos pactos sociales.
Pase lo que pase en Estados Unidos afectará al mundo y en especial a Nuestra América: América Latina y el Caribe, y las diásporas latinas en EE. UU. que ya constituyen el 20% de su población. Hay que ayudar a enderezar la ruta de este país antes de que explote y siga causando más daños al mundo. La solidaridad internacional con las luchas del pueblo estadounidense, que es multirracial, pluricultural, desde su origen de inmigrantes, y de larga tradición democrática, es tan urgente, y tan vital como la solidaridad que se requiere del pueblo estadounidense hacia los pueblos del mundo que están luchando contra las agresiones imperialistas de su propio gobierno. A ellos pasamos ahora.
III. La renovada embestida imperialista estadounidense hacia el hemisferio occidental
III.1. El punto de inflexión del MAGA-trumpismo: del aislacionismo militar a la renovación de las guerras y el intervencionismo a escala continental. El resultado a nivel internacional del avance del proyecto MAGA-trumpista – el punto de inflexión que hoy presenciamos – consiste, aparte de la gran escalada de políticas ultra-proteccionistas en su segundo mandato, en la renovación de una agresiva geopolítica guerrerista e imperialista. La escalada de agresiones y amenazas de guerra ha ocurrido principalmente en dos zonas, por lo pronto: (a) en el hemisferio occidental y (b) en el Medio Oriente (apoyando incondicionalmente el genocidio del pueblo palestino en Gaza y su limpieza étnica de la Cisjordania o West Bank ocupada, por un lado, y lanzando dos guerras contra Irán en alianza con Israel). Analizamos en este ensayo la escalada de agresiones imperialistas del régimen de Trump 2.0 solo en la primera zona.
La renovación de una geopolítica imperialista estadounidense hacia el hemisferio occidental fue anunciada formalmente en diciembre del 2025 como el “Corolario Trump” a la resucitada Doctrina Monroe en su nueva Estrategia de Seguridad Nacional (National Security Strategy descargable aquí) (White, House, 2025). Trump la bautizó como la Doctrina Donroe. En tal documento, Estados Unidos declara unilateralmente que de ahora en adelante el hemisferio occidental constituye su zona de exclusividad económica y geopolítica. O sea, que le pertenece, se lo apropia, y punto.
El cálculo estratégico detrás de esta audaz declaración es, sin embargo, defensivo: con ella EE. UU. parece haber decidido replegarse a su zona hegemónica original del siglo 19 y primeras décadas del 20, tácitamente concediendo el debilitamiento o perdida de su hegemonía económica y geopolítica en Europa vis-a-vis Rusia y la Unión Europea (UE), Asia vis-a-vis China, India, y otros países (el caso de Irán y la región del Golfo Pérsico resultó ser una área no concedida), y África vis-a-vis China y la UE. Pareciera que el exhegemón en sus estertores se deslinda y lava las manos de los costosos compromisos que había asumido previamente en el ejercicio pleno de su hegemonía en todas estas regiones, ahora que ya no le reditúan, y decide concentrarse solamente en su histórico “patio trasero” para recuperar su hegemonía disputada o perdida.
En esa sorprendente declaración – después de tres décadas de negligencia geopolítica estadounidense hacia el continente americano – y en el aceleramiento del sinnúmero de medidas económicas proteccionistas tomadas en los dos mandatos de Trump, se puede medir la intención de desobligar a EE. UU. de toda alianza, tratado, y hasta membrecía en, y subsidio a, toda institución internacional basada en el multilateralismo y la cooperación internacional,[9] para adoptar sin atadura alguna una estrategia geopolítica regional centrada exclusivamente en avanzar su propio “interés nacional” (léase intereses de su plutocracia depredadora) en el continente americano y, de ser necesario, hacerlo de una manera mucho más agresiva.[10]
En su segundo mandato, no se retira el MAGA-trumpismo detrás de sus fronteras nacionales, como lo hizo en su primer mandato, sino que se repliega estratégicamente a su autodenominada "esfera de influencia" – el hemisferio occidental en su conjunto – donde pretende de ahora en adelante dominar y proyectar todo su poderío para su exclusivo beneficio, sin requerir de la aprobación de nadie, incluidos los Estados latinoamericanos, cuyas soberanías nacionales quedan de ahora en adelante anuladas por decreto imperial - sin la más mínima adhesión a los principios de coexistencia y convivencia civilizada, justificación moral, o derecho internacional, incluidos los que supuestamente rigen la hoy moribunda Organización de Estados Americanos (OEA), una alianza que Estados Unidos estableció y dirigió bajo el “espíritu panamericano” cuando alcanzó su hegemonía global después de la Segunda Guerra Mundial.
A nivel del sistema interestatal del sistema-mundo, este viraje del régimen “Trump 2.0” representa una declaración de que los Estados Unidos reniega del orden internacional que ellos mismos impulsaron después de la Segunda Guerra Mundial, reniega de la carta de las Naciones Unidas, de la carta de la Organización de Estados Americanos, y de todas las otras obligaciones panamericanas que contrajo, anunciando que ha decidido regresar al sistema de rivalidades inter-imperialistas del siglo 19 y principios del 20, donde no imperó otra ley que la ley del más fuerte, que condujo a la desenfrenada explotación y saqueo del mundo colonial y terminó provocando dos guerras mundiales.
En el contexto actual de rivalidades geopolíticas exacerbadas, la nueva doctrina exterior MAGA-trumpista constituye en realidad una declaración de guerra geoeconómica contra China (y de paso contra las otras potencias económicas como la UE) pero enfocada en lo que considera su último bastión y región “favorable” de las Américas.[11] Constituye además un ataque frontal a la soberanía, integridad territorial, y autodeterminación de las naciones y Estados del continente americano (y Groenlandia/Dinamarca).
El hecho que China ya es el principal socio comercial de Sudamérica, con cuantiosas inversiones en el continente lo alarma; es precisamente lo que el régimen MAGA-trumpista quiere revertir, más no en competencia económica y libre comercio, sino vía la coerción geopolítica/militar y la imposición de aranceles unilaterales. Y el hecho que Dinamarca es miembro de la OTAN y la anexión forzada de Groenlandia provocaría la disolución de ésta, le importa muy poco - si de por sí quiere salirse de la OTAN y disolverla, ¡qué mejor que se lleve esa enorme isla estratégica de salida! Aunque ya presenciamos como Trump ha desistido temporalmente de seguir con sus amenazas militares abiertas ante el repudio universal (no solo en Europa y el resto del mundo sino entre la población estadounidense), es de esperarse que no va a desistir.
Algunos pensarán que todo este giro es inaudito e inesperado en pleno siglo 21, suponiendo que ya habíamos dejado atrás esa horrenda historia de “imperialismo yanqui”. Pero un somero repaso de la evolución histórica de la relación EE. UU. con América Latina, combinado con un repaso de los graves problemas que el exhegemón global y sus menguados intereses estratégicos enfrentan hoy, nos explica por qué decidió replegarse como lo hizo y tratar de dominar de nuevo a todo el continente americano, como la única estrategia que cree que le queda.
Y digo “cree que le queda” porque Estados Unidos – especialmente ahora que se ha abrazado al proyecto MAGA-trumpista – ha sido, y continúa siendo, dominado en su interior por una insaciable y rapaz plutocracia, y sus élites siempre han sido, y continúan siendo, imperialistas de corazón – solo que antes en su gloria hegemónica global lo disimulaban y hoy que se ven en aprietos de poseer una hegemonía severamente mermada se han vuelto a descarar, a la usanza de Teddy Roosevelt y su garrote.
III.2. Un repaso mínimo de la Doctrina Monroe: [12] Si inicialmente la Doctrina Monroe (enunciada en 1823, pero inicialmente propuesta por la cancillería británica) expresaba su solidaridad con las guerras de independencia en las Américas, y declaraba que EE. UU. le cerraría el paso a toda expansión colonial europea en las Américas – especialmente los intentos de España para recuperar su imperio –, para 1898 se basó en ella para lanzar su propia guerra imperialista contra España, para hacerse de sus remanentes coloniales en el Caribe y el Pacífico (Cuba, Puerto Rico, Guam, y las Filipinas).
Bajo el “Corolario Roosevelt”, enunciado en 1904 por Teddy Roosevelt, EE. UU. autodeclaró su derecho a intervenir militarmente en el continente para proteger sus intereses económicos y “restaurar el orden” cuando y donde lo juzgara pertinente, inaugurando el periodo de la “diplomacia de cañoneras” (gunboat diplomacy) que condujo a múltiples invasiones militares y cambios de regímenes en el norte del hemisferio occidental.[13]
Esta postura abiertamente imperialista de los Estados Unidos bajo la Doctrina Monroe modificada continuó hasta que el segundo Roosevelt (Franklin) enunciara su llamada “Política del Buen Vecino” (Good Neighbor Policy) en 1934, de respetar la soberanía y buscar la alianza de los países latinoamericanos en anticipación a la Segunda Guerra Mundial – sin que ello le previniera instalar, en lo que retiraba a los marines, las largas dictaduras “bananeras” en los años 30 de Anastasio Somoza en Nicaragua, Fulgencio Batista en Cuba, y Rafael Trujillo en la República Dominicana, finalmente derrocadas por insurrecciones populares en 1979, 1959, y 1961, respectivamente.
Después de la Segunda Guerra Mundial y durante todo el periodo de la Guerra Fría, la Doctrina Monroe resucitó como una agresiva y paranoica doctrina de seguridad nacional, supuestamente anticomunista y antisubversiva, proyectada hacia todo el continente. Lo que Estados Unidos en realidad quería prevenir a toda costa era la autonomía geopolítica y económica de los países de América para su priorizar su propio desarrollo.
Eso llevó a una larga serie de golpes de estado e invasiones militares. [14] De 1975 hasta 1981, Estados Unidos orquestó una campaña encubierta de terror, tortura, desapariciones, y asesinatos – “Operación Condor” – que coordinó inteligencia y entrenamientos en ocho países de Sudamérica, contra todo movimiento democrático, sindical, o de disidencia a las dictaduras militares pro-estadounidense de la época (Lessa, 2025). Cuba, aparte de sufrir la invasión de Bahía de Cochinos en 1961 y el férreo bloqueo económico impuesto desde 1962 hasta la fecha, continuó sufriendo a una implacable campaña de acciones terroristas por décadas (Ferrer, 2022). En México, está bien documentado como el movimiento estudiantil pro-democrático de 1968 fue brutalmente reprimido en coordinación con la CIA (Bartley & Bartley, 2015).
III.3. El retorno del intervencionismo estadounidense bajo la Doctrina Donroe. El final de la Guerra Fría llevó a los Estados Unidos a tomar un giro estratégico al hemisferio oriental y a prácticamente desatender por completo al occidental. Se enfocó en la expansión oriental de la OTAN en Europa, competir con China en la Cuenca del Pacífico, invadir países y derrocar regímenes en Asia central (Afganistán e Irak), y Asia occidental (el Medio Oriente) y el norte de Africa después de la “Primavera Árabe” del 2011. América Latina, que hizo uso de la oportunidad, experimentó una “marea rosada” de gobiernos democráticamente electos progresistas y anti-imperialistas durante este periodo; fenómeno que, inusualmente, no fue agredido, ni siquiera tomado en cuenta, por los gobiernos estadounidenses desde Bill Clinton a Barack Obama. [15] Inclusive hasta se reestablecieron relaciones diplomáticas con Cuba en el 2015.
Pero desde que regresó Trump a la Casa Blanca por segunda vez, enunciando el “Corolario Trump”, Estados Unidos dio el giro opuesto: optó por desatender el hemisferio oriental y enfocarse en el occidental (con excepción, como ya mencionamos, de sus dos guerras con Irán y el apoyo al genocidio en Gaza).
Menos de un mes después de emitir su nueva doctrina, EE. UU. efectuó una inaudita operación militar relámpago el 2 de enero en Venezuela, llevando a la captura y secuestro del presidente Nicolás Maduro y la decapitación del régimen chavista, dejándolo en el poder a cambio de adueñarse de los recursos minerales y petroleros (Venezuela tiene las reservas más grandes del mundo), bajo amenaza de nuevas invasiones. Así el régimen de Trump 2.0 ha convertido a Venezuela, hasta la fecha, en un protectorado y una abyecta colonia de explotación.
Ya desde septiembre del 2025 el régimen Trump 2.0 comenzó a bombardear embarcaciones en el Caribe, y luego el Pacífico, en violación flagrante de toda ley internacional, como parte de una campaña militar supuestamente antidrogas denominada Operación Lanza del Sur. Esta campaña ha asesinado impunemente a la fecha a más de 210 civiles, la mayoría pescadores de múltiples nacionalidades del Caribe y América del Sur. También ha decomisado buques petroleros en alta mar bajo las sanciones unilaterales e ilegales que le impuso a Venezuela y Cuba, robándose su cargamento. Esta escala de piratería (que a la fecha asciende a $8 mil millones de dólares) no se había visto antes en el hemisferio desde tiempos coloniales.
A finales de enero de este año, presionó exitosamente para que Panamá anulara los contratos a las empresas portuarias chinas de ambos lados del canal. También acordó con el presidente de El Salvador usar sus inhumanas prisiones de alta seguridad para enviarle a cientos de deportados de los Estados Unidos - la mayoría de los cuales han resultado no tener antecedentes criminales.
Trump amenazó repetidas veces hacerle al presidente colombiano Gustavo Petro lo que le hizo a Maduro e intervino en las elecciones presidenciales apoyando abiertamente a un candidato de ultraderecha, que ganó este pasado junio. También intervino en las elecciones presidenciales en Chile y Honduras, y en las intermedias en Argentina, con resultados similares. De hecho, la mayoría de los principales países latinoamericanos – con excepción de México, Brasil, y Cuba – ya se han “trumpificado” de esta manera, con la activa interferencia electoral de Trump y ante la impotencia de los partidos de izquierda y centroizquierda.
En México, el régimen de Trump 2.0 ha presionado implacablemente a la presidenta de México, Claudia Sheinbaum, como lo hizo Trump 1.0 con AMLO. Ella ha venido cedido poco a poco al incesante torrente de onerosas demandas que Trump y su equipo presentan a su gobierno en esas constantes “reuniones de alto nivel” sobre temas de migración, seguridad y penetración económica, supuestamente bajo los principios que Sheinbaum siempre repite y Trump nunca menciona: “respeto a la soberanía e integridad territorial, responsabilidad compartida y diferenciada, respeto y confianza mutuos, y cooperación sin subordinación”. Todo es un frágil y tambaleante teatro kabuki del lado mexicano, una andanada constante de amenazas y ofensas del lado estadounidense.
Ante las incesantes amenazas de imponer altos aranceles y efectuar intervenciones militares en México, el gobierno de Sheinbaum (al igual que anteriormente el de AMLO) ha seguido una estrategia de "alimentar al tigre y evitar a toda costa el zarpazo". Se mantienen escrupulosamente las formas diplomáticas; se exhibe invariablemente la disposición al diálogo y la cooperación enmarcado en un discurso nacionalista, siempre con una postura digna, serena y prudente; y para fortalecerse con su base y demostrar ante Trump su determinación de "defender la soberanía nacional" la asediada presidenta se esmera en convocar y refrendar periódicamente al apoyo popular, que indiscutiblemente aún es muy amplio (ronda en el 68%).
Pero, poco a poco, ha tenido que ir cediendo en lo sustancial. [16] Vale la pena citar a la analista mexicana Viridiana Ríos (2025) en su artículo, "Lo que Trump realmente quiere de México", para comprender hasta qué punto la administración de Donald Trump busca dominar México. Tras revisar la lista de exigencias que la administración Trump hace persistentemente al gobierno de la presidenta Claudia Sheinbaum en todas esas reuniones bilaterales a puerta cerrada, concluye Ríos:
“Trump no quiere que México sea su socio comercial. Quiere que México sea un productor barato, sumiso y colonizado por empresas estadounidenses que gocen de ventajas regulatorias y estructurales. Tampoco quiere un México capaz de implementar políticas industriales que beneficien a empresas mexicanas. En el listado de peticiones de Estados Unidos a México, solo unas cuantas aluden a asuntos verdaderamente bilaterales o de beneficio mutuo. La mayoría son exigencias destinadas a que México modifique su marco regulatorio en favor de las empresas estadounidenses o les allane el camino para dominar nuestro mercado y debilitar la competitividad nacional. La exigencia central es la alineación total de México con los intereses económicos de Estados Unidos.”
Como no ha logrado todos estos objetivos, la administración Trump declaró en julio de este año que no prorrogará el T-MEC – el tratado comercial entre EE. UU., México y Canadá – por más de 10 años, condenándolo a muerte al sujetarlo a onerosas negociaciones anuales (que violan el sentido mismo del tratado). La presión implacable continúa, Trump 2.0 busca la capitulación del gobierno mexicano y la completa incorporación subordinada de la economía mexicana a la estadounidense, convirtiendo a su principal socio comercial en otro Estado vasallo más. Mientras tanto, la penetración de la CIA en México ya ha quedado en evidencia en varios episodios vergonzosos para la presidenta. Las amenazas de aranceles y/o intervención militar continúan.
Cuba es el otro objetivo principal de la furia imperial, que desde finales de enero de este año ha sido sujeto a un feroz bloqueo de combustibles, previamente importados de Venezuela, México, y otros países, bajo amenaza de aranceles punitivos. Trump y su secretario de Estado Marco Rubio han desatado así una renovada campaña de agresiones que busca el cambio de régimen castrista vía la asfixia total de su economía para provocar una sublevación popular y/o allanar el camino a una intervención militar. Después de la decapitación y avasallamiento del régimen venezolano, solo la desastrosa aventura militar que Trump y su aliado Netanyahu lanzaron contra Irán a finales de febrero – y que lo ha llevado a un empantanamiento militar y a una derrota geopolítica de primer orden – ha prevenido que el imperio se vuelque contra Cuba con toda su furia. ¿Qué pasará cuando concluya esa guerra y en el tiempo que le sobre al régimen de Trump 2.0, si es que se va?
IV. Las opciones de los pueblos, diásporas migrantes, y gobiernos del hemisferio occidental ante las embestidas del régimen Trump 2.0.
Lo primero que hay que resaltar es con cuán pocos recursos y poder económico cuenta el régimen de Trump 2.0 para su nueva ofensiva imperialista en el hemisferio occidental, más allá de la retórica bravucona del mandatario y sus incesantes amenazas militares y arancelarias - que han resultado contraproducentes y canceladas por las cortes o por él mismo.
Habría que preguntarse por qué no hubo una invasión masiva y una ocupación prolongada en Venezuela, como las que lanzó George W. Bush en Asia central a principios de siglo. La razón de fondo es que Estados Unidos desde hace mucho tiempo se ha mantenido a flote solo gracias a su habilidad de sostener una enorme deuda nacional sin consecuencias inmediatas, a diferencia del resto del mundo, y que hoy llega a los $39.67 billones de dólares (trillones en inglés). [17]
Esta severa limitante macroeconómica es el resultado de su pérdida de hegemonía económica mundial, de dejar de ser el centro de acumulación capitalista en el mundo, y de despilfarrar billones (trillones en inglés) de dólares en desastrosas guerras e improductivos armamentismos para revertir ese declive. Y lo peor es que ninguna de sus guerras de este siglo le han redituado.
Estados Unidos ya no cuenta – como sí lo tuvo décadas atrás bajo los regímenes de Reagan y los dos Bush – ni los recursos ni el apoyo de su pueblo para andar invadiendo a nadie (la recién guerra contra Irán ha sido la más impopular en toda la historia del país). Tampoco tiene con qué invertir para competir exitosamente con las potencias económicas rivales del este de Asia y la Unión Europea. Carece incluso de los recursos del departamento del Tesoro para financiar la reparación de la infraestructura de la industria petrolera venezolana que quiere adueñarse (Karma, 2026). EE. UU. está en franca bancarrota fiscal, pero disimuladamente.[18]
El régimen de Trump 2.0 le apostó a que, con solo efectuar un ataque espectacular y fugaz pero relativamente barato ($4.7 mil millones de dólares) contra Nicolás Maduro, el resto del régimen sucumbiría sin resistencia y acataría sus dictados imperiales. Y con mucha suerte, así sucedió. Pero otra cosa muy distinta es el pueblo venezolano que, aunque no ha reaccionado todavía (a medio año de la intervención) no está viendo beneficio alguno del despojo petrolero y mineral en curso en su país, ni ninguna transición democrática, ni la restauración de su soberanía, ni siquiera la asistencia de EE. UU. a la severa catástrofe humanitaria que sufrió después de los sismos del 24 de junio de este año. Nada más alejado de la realidad predecir que los venezolanos, aparte de sus élites revanchistas y diáspora antichavista en Florida, se van a resignar a seguir siendo un sometido protectorado yanqui por mucho tiempo más. El legado anti-imperialista de Hugo Chávez se encargará de despachar esa fantasía en las nuevas formas de resistencia que surgirán.
Cuba no se diga. Será la opinión de las izquierdas el más heroico de los pueblos de Nuestra America desde mediados del siglo pasado, o la peor dictadura del continente en la opinión de las derechas, pero todos están de acuerdo que Cuba y su pueblo no ha claudicado ante los embates imperiales del poderoso vecino durante el curso de la Guerra Fría, en el periodo unipolar que le siguió, ni ante los retos nuevos de este siglo multipolar, incluyendo el ascenso del MAGA-Trumpismo en los Estados Unidos. Su régimen no se va a rendir tan fácil como el venezolano. Ni los intentos de asfixia económica ni las amenazas de invasión lo van a doblegar. El pueblo cubano requiere desesperadamente de la solidaridad mundial para sobrevivir. Tanta ayuda solidaria humanitaria que Cuba le ha dado al mundo entero, hoy la merece más que nadie.
Aunque la diáspora cubanoamericana en Florida y sus representantes siguen apoyando las crueles agresiones yanqui a Cuba, las otras diásporas latinoamericanas, por solidaridad básica, deben hacer todo lo posible por defender a Cuba y exigir la no intervención y el cese a los bloqueos.
Los problemas internos de Cuba, que son muchos, y las profundas contradicciones de su proyecto socialista serán graves, pero solo los cubanos que viven en la isla los deben encarar y resolver, y nadie más. En ejercicio de su derecho a la autodeterminación y soberanía nacional se debe y pueden tender puentes de reconciliación con la diáspora, pero sin jamás aceptar imposición alguna ni de parte de ellos ni del poderoso país imperialista donde residen.
En cuanto a México, el país más expuesto al intervencionismo y chantaje estadounidense por su larga frontera y su extensa pero asimétrica integración económica con EE. UU., ¿hasta dónde seguirá alimentando al tigre tratando de evitar los zarpazos trumpistas antes de verse devorado? Dos elementos con los que cuenta el gobierno de centroizquierda de Morena para dejar de seguir haciendo concesiones y defenderse más efectivamente de las embestidas trumpistas son: (a) el enorme respaldo popular en México a una agenda verdaderamente anti-imperialista, si la activara el gobierno de la 4T más allá de la retórica soberanista y las pueriles sutilezas diplomáticas, si cambiara de rumbo en su estrategia de desarrollo, y si buscara más en serio firmes alianzas internacionales nuevas en este mundo multipolar; y (b) la enorme diáspora mexicana en EE. UU. (40 millones – 68 millones si agregamos las otras diásporas latinas), históricamente desatendida y hoy abandonada ante la persecución MAGA-trumpista, a la que se le pudiera respaldar mucho más firmemente que hasta ahora en sus luchas contra ese proyecto racista y xenófobo. Dado los incesantes ataques a México, tendría que encontrarse la voluntad política para unificar las luchas de ambos lados de la frontera, algo que hasta hoy no ha intentado ninguno de los gobiernos de la Cuarta Transformación. Pero pronto, bajo la Doctrina Donroe, se podría ver forzado a intentarlo.
En otros escenarios, ha sido muy alentador ver el rechazo inmediato, contundente y unificado a las amenazas de invadir e intentos de “comprar” a Groenlandia bajo la Doctrina Donroe. También en cuando a las amenazas anexionistas y arancelarias a Canadá, el mundo le dio una ovación al primer ministro de Canadá Mark Carney en el Foro Económico Mundial en enero de este año en Davos, Suiza, por su valerosa declaración de que la Pax Americana ha terminado y que de ahora en adelante Canadá buscará activamente otros socios comerciales y geopolíticos además de los Estados Unidos (véase Stevis-Gridneff y Austen, 2026). El 16 de enero de este año sellaron China y Canadá un acuerdo para reducir mutuamente los aranceles entre ellos.
En cuanto a la “marea trumpista” de gobiernos electos de ultraderecha que hoy aqueja las democracias del continente americano, incluyendo a la estadounidense, hay que entender que aunque hoy podrá abracar, gracias a sus amenazas, intervenciones, y promesas falsas, la mayoría de la población hemisférica y una pluralidad de países – en marea alta, por decirlo así –, más pronto que tarde vendrá la resaca, cuando las poblaciones saqueadas por las élites capitalistas y desilusionadas por la falta de resultados vuelvan a resistir y se movilicen para una nueva y más poderosa marea rosada.
Estados Unidos tuvo ya dos mareas rosadas en el siglo 20: la primera en los años 30, cuando conquistó los derechos laborales de los trabajadores, y la segunda en los años 60, cuando conquistó los derechos sociales de los grupos subalternos. Hoy ambas conquistas están siendo socavadas. La siguiente marea rosada estadounidense enfrentará la tarea de reestructurar y revitalizar sus sistemas políticos y económicos, empezando con actualizar su anacrónica Constitución, hacer equitativa su desbalanceada estructura federal, desmantelar su duopolio elitista y antidemocrático y establecer un sistema político más abierto y democrático, y limitar la enorme concentración de la riqueza en su plutocracia. También, necesariamente, tendrá que extender la ciudadanía, con todos los derechos que conlleva, a las diásporas migrantes deslegalizadas que residen en el país, y adoptar un régimen migratorio mucho más justo, ágil, humano, libre, y adecuado a una nueva visión y promesa de integración harmoniosa continental.
Es por todo lo anterior que, como estrategia general, lejos de ser prudente o recomendable que los movimientos, gobiernos, y sectores sociales afectados por el MAGA-trumpismo, incluyendo al pueblo estadounidense y sus diásporas migrantes y grupos étnicos, adopten en esta coyuntura una estrategia miope de "sálvense quien pueda" o de "esquivar el zarpazo" actuando por su propia cuenta y cediendo ante las demandas del imperio y sus oligarquías, que no van a cesar, lo que se requiere es movilizarse y unirse alrededor de una resistencia universal a este giro neoimperialista y neofascista, forjando una solidaridad firme e inequívoca entre ellos.
Urge a nivel interestatal reactivar la CELAC para luchar juntos y construir un nuevo y mejor modelo de integración continental que los modelos importados de EE. UU., ya sean el neoliberal o el neocolonial. Hay que rescatar las valiosas experiencias positivas que se lograron durante el periodo de la pasada “marea rosada” del 2000 al 2015, y hay que asimilar y superar las lecciones negativas que dejó. Latinoamérica debe salir al mundo unida y forjar nuevas y grandes alianzas en este mundo multipolar, tanto con las potencias del este de Asia y la Unión Europea, como con el mundo árabe y otras regiones vitales del sur global. Por separado cada país, difícilmente podremos hacerlo, pero unidos será mucho más factible.
Por último, se requiere de la solidaridad reciproca entre el propio pueblo estadounidense, que también está bajo ataque como ya vimos, y entre éste y los pueblos latinoamericanos; y muy particularmente entre las comunidades inmigrantes y étnicas latinas en EE. UU. y sus países de origen. Estados Unidos siempre ha influido desde su fundación, para bien y para mal, en todo el continente. Hoy, el continente está presente en EE. UU., aunque disperso y desactivado. Llegó la hora de que las diásporas y etnias latinas se unan, movilicen, e influyan decisivamente en enderezar la dirección de este poderoso país hacia un futuro más prometedor en el hemisferio. [19]
Para activar estos niveles de solidaridad se requiere de coordinación transnacional e interseccional continua y al día. Si antes era logísticamente imposible, hoy por hoy no hay otro impedimento que la falta de voluntad e imaginación política: con la tecnología digital, los nuevos movimientos y sus redes sociales no solo la permiten, sino que la generan y propagan con gran rapidez y por encima de toda censura del Estado represor - tal y como lo han hecho ya los Dreamers en su andar y visión transnacional, cruzando las fronteras mentales y geográficas del continente.
En conclusión: Antonio Gramsci escribió desde la cárcel en los años 30 del siglo pasado: "la crisis consiste precisamente en el hecho de que el viejo mundo se muere y el nuevo mundo tarda en nacer; y en ese claroscuro surgen los monstruos" (Gramsci, 2018). En estos tiempos de crisis sistémica del capitalismo histórico, aún más aguda que hace un siglo, han surgido las nuevas variedades de fascismo, racismo, y nacionalismo por el mundo, tanto en el norte como en el sur global. A la cabeza de todos ellos está el proyecto MAGA-trumpista estadounidense que se hizo del poder del Estado más poderoso del mundo en el 2016, y de nuevo en el 2025. Pero a pesar del caos y destrucción que están causando, es también el momento en el que las estructuras otrora firmes y las élites otrora dominantes están perdiendo su legitimidad, su solidez y coherencia, y se desploman y desvanece su poder. Y es precisamente en esta era turbulenta que aparecen los espacios para que todos los actores sociales subalternos, marginados, y oprimidos se rebelen, actúen, y cambien al mundo por otro más prometedor, equitativo, justo, y sustentable.
Este es el momento por el que transitamos y este es el reto que hoy todos afrontamos.
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Notas:
[1] Profesor Emérito de Sociología, California State University, Bakersfield. Doctor en Sociología por la Universidad de Binghamton, Nueva York. Vicepresidente del California-Mexico Studies Center, Long Beach, California. Correo electrónico: gsantos@csub.edu. Internet: https://www.gonzalo-santos.com/.
[2] Para analizar el caos sistémico en el que vive el mundo y su impacto cada vez mayor en los Estados Unidos, países vecinos, y sus diásporas migrantes, ver Santos, 2018; Santos, 2022; Santos, 2024a; Santos 2024b; y Santos, 2025. Para entender el nexo general entre la migración internacional irregular y las políticas neoliberales de la era de la globalización, ver a Ness (2023); para el caso específico de México, Bacon (2009).
[3] En particular, urge abordar teórica e históricamente el significado del espectacular ascenso de China y el Este de Asia en general, especialmente su carácter hibrido – limítrofe del marxismo-leninismo, por un lado, y de un capitalismo “con características chinas” (o japonesas o coreanas), por el otro; la aparición de la guerra proxy inter imperialista en Ucrania y el resurgimiento de movimientos y partidos fascistas en Europa; el genocidio en Gaza ante la impotencia del mundo árabe y complicidad del norte global; y la actual guerra entre EE. UU. e Israel contra Irán. También urge abordar la crisis geopolítica y geocultural en todas las instituciones de gobernanza internacional. Este ensayo solo analiza la evolución del caos actual en América.
[4] MAGA son las siglas en inglés para designar al movimiento e ideología que viene apoyando a Donald Trump desde el 2015 a la fecha – Make America Great Again.
[5] Para un análisis alternativo que explica el comportamiento actual de EE. UU., desde una perspectiva conservadora, como el bienvenido retorno a la dinámica geopolítica estadounidense de Theodore Roosevelt de hace 120 años, en contraposición a la alemana de Hitler de hace 90 años, véase Ferguson (2026). De hecho, se puede argumentar que lo que presenciamos hoy es una combinación anacrónica de ambos comportamientos por parte de Donald Trump en esta era de transición sistémica.
[6] También ha surgido competencia económica más allá de la de China. La Unión Europea acaba de realizar un amplio pacto comercial con cuatro países sudamericanos –Brasil, Argentina, Uruguay y Paraguay– que crea una de las zonas de libre comercio más grandes del mundo, conectando mercados con más de 700 millones de personas (New York Times, 6 de enero de 2026).
[7] Para esta sección enfocado en el tema cardinal de la migración en tiempos del MAGA-trumpismo, nos basamos en información proveniente de las siguientes fuentes: Nancy Hiemstra & Deirdre Conlon (2025); Jacobin (2025); Lytle Hernandez (2010); Gedeon (2026); FWD.US (2026); Cancian, et al (2026); Ludwig (2026); American Immigration Council (2026); Ossoff (2026); Reed (2025); Conley (2025); Guerrero (2024); y Dolinar (2026). Para comprender la importancia vital y la incesante y feroz lucha política sobre migración en la construcción y diseño de los EE. UU. en cada etapa de su historia, ver a Zolberg (2006).
[8] La ley IRCA, aprobada en 1986 durante el segundo mandato de Reagan, otorgó amnistía a 2.7 millones de migrantes indocumentados, a cambio de incrementar el presupuesto de las agencias migratorias, militarizar la frontera, y criminalizar el empleo a trabajadores indocumentados. Creó el oneroso programa de trabajadores agrícolas huéspedes H-2A sin expandir la migración legal permanente. El Congreso y Clinton aprobaron dos leyes en 1996, IIRIRA y AEDPA, que criminalizó a los inmigrantes y autorizó la maquinaria de detenciones y deportaciones que las administraciones de George W. Bush en adelante y los congresos respectivos expandieron incesantemente, implementando políticas cada vez más restriccionistas y punitivas hasta arribar al vasto archipiélago gulag de hoy. Ver Shah (2024).
[9] El 7 de enero de 2026, el presidente Donald Trump firmó un memorando presidencial que ordenaba a Estados Unidos retirarse de 66 organizaciones internacionales - 31 entidades afiliadas a las Naciones Unidas y 35 organizaciones no pertenecientes a la ONU. Entre las organizaciones y tratados destacados de los que Estados Unidos se retira se incluyen:
• Clima y medio ambiente: La Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (CMNUCC) (el tratado fundacional de 1992 para el Acuerdo de París), el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC), la Alianza Solar Internacional y la Organización Internacional de las Maderas Tropicales.
• Derechos humanos y política social: ONU Mujeres, el Fondo de Población de las Naciones Unidas (UNFPA) y la Oficina de la Representante Especial sobre la Violencia Sexual en los Conflictos.
• Desarrollo y gobernanza: UNCTAD (Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo), el Fondo de las Naciones Unidas para la Democracia y el Instituto Internacional para la Democracia y la Asistencia Electoral (IDEA Internacional).
• Seguridad y cooperación: El Foro Mundial contra el Terrorismo, la Alianza para la Cooperación Atlántica y la Comisión de Venecia. (Ver NPR, 2026).
[10] Vale la pena comparar esta nueva estrategia con la anterior del régimen de Joe Biden (White House, 2022), que enfatizaba como su más alta prioridad la guerra geoeconómica con China, pero también la contención geopolítica de Rusia e Irán basándose en la OTAN y el multilateralismo de la ONU y la OEA.
[11] La respuesta de China no será militar por ahora, sino económica, política y diplomática. China no necesita armas, aunque las posee, para responder al imperialismo estadounidense, como ha demostrado, en las recientes negociaciones sobre tierras raras, su capacidad para someterlo sin recurrir a ellas. Pero el inicio de una nueva escalada de rivalidades geopolíticas entre las dos más grandes potencias está desestabilizando y generando un mayor caos en el sistema-mundo.
[12] Nos basamos principalmente en el libro “America, América” de Greg Grandin (2025).
[13] Entre ellos, la intervención en 1903 para separar a la provincia de Panamá de Colombia, construir el famoso Canal, hacerse del canal y su franja por cien años, y mandar marines de 1918 a 1920 y de nuevo en 1925; convirtió a Cuba en su protectorado bajo la Enmienda Platt (1901) y la intervino militarmente repetidas veces de 1917 a 1933, además que se tomó la Bahía de Guantánamo como base militar “a perpetuidad”; ocupó a Nicaragua 33 años (1912-1933), Haití 19 años (1915-1934), la República Dominicana 8 años (1916-1924), intermitentemente en Honduras entre 1903 y 1925, y Guatemala en 1920. En México durante la Revolución Mexicana, EE. UU. orquestó el golpe de estado y asesinato del presidente Francisco I. Madero e instaló la dictadura militar de Victoriano Huerta; ocupó el puerto de Veracruz en 1914 y posteriormente envió la Expedición Punitiva en 1916 para capturar a Pancho Villa.
[14] Guatemala y Paraguay (1954), Haiti (1957), Brasil (1964), República Dominicana (1965), Bolivia (innumerables veces), Cuba (1961), Chile y Uruguay (1973), Argentina (1976), las guerras de contrainsurgencia en Centroamérica en los años 70s y 80s, Granada (1983), Panamá (1989), Honduras (2008), y Venezuela (2002 y 2019).
[15] México, que a contra corriente eligió regímenes de centroderecha hasta el 2018, optó por integrarse con los Estados Unidos, formalizado en el TLCAN en 1994 y el Plan Mérida en 2008. Algo similar ocurrió con Colombia hasta el 2022. Toda la atención de Estados Unidos se volcó hacia estos dos países.
[16] México, por ejemplo, ya ha desplegado 10,000 soldados en su frontera norte para interceptar migrantes (anteriormente, AMLO hizo lo mismo en la frontera sur con 25,000 efectivos de la Guardia Nacional), ha aceptado a más de 203,000 mexicanos deportados en el segundo periodo de Trump, hasta abril de este año – 164,000 personas a través de la frontera terrestre y 39,000 vía aérea al sur de México; también ha recibido a más de 17,000 deportados más de terceros países, y expulsado o bloqueado a decenas de miles más de transitar por su propio territorio; ha entregado por la vía extralegal a un total de 92 narcotraficantes y operadores criminales a Estados Unidos; y ha impuesto aranceles de hasta el 50% a diversas importaciones procedentes de China y otros países asiáticos; todo ello en cumplimiento de las directivas draconianas de Washington bajo la "Doctrina Donroe", y a cambio de nada.
[17] Estados Unidos puede acumular una deuda nacional masiva sin impacto inmediato alguno porque el dólar estadounidense es la principal moneda de reserva mundial y la economía global depende de los títulos del Tesoro estadounidense como la garantía más segura. El valor de esos títulos asciende a $30.9 billones (trillones en inglés) de dólares (SIFMA, 2026).
[18] Por cierto, esto explica también por qué en su guerra aérea con Irán este año no ha invadido a ese país, que a la fecha “solo” le ha costado un centenar de miles de millones de dólares, en vez de los más de 5 billones (trillones en inglés) que se estima se gastaron Bush II, Obama, Trump 1.0, y Biden en las guerras terrestres y fallidas en Irak y Afganistán.
[19] Para analizar a fondo el papel estratégico que juegan las diásporas mexicanas y latinoamericanas en la visión y construcción de una renovada Norteamérica mejor integrada, balanceada, racional y justa, con un contrato social mucho más incluyente y avanzado que la que vimos en el previo proceso de integración neoliberal asimétrico, socialmente injusto y políticamente caótico, hoy en pleno proceso de desintegración caótico por la embestida del MAGA-trumpismo, ver Santos (2024c).



