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LA CARRERA A LA GUBERNATURA DE CALIFORNIA: kayakiando en aguas de bajo carisma y afiladas rocas MAGA

  • Foto del escritor: Gonzalo Santos
    Gonzalo Santos
  • hace 5 días
  • 10 Min. de lectura

Actualizado: hace 4 días


California, la tierra de Disneylandia y Hollywood, ha sido desde hace mucho tiempo el origen de mundos ficción fantásticos, con especial maestría en el arte de la política teatral (¿acaso existe alguna otra?). Al fin y al cabo, actores de segunda categoría como Ronald Reagan y Arnold Schwarzenegger interpretaron el papel de "Gobernador del Estado Dorado" de manera espléndida, con impecable garbo, irradiando un carisma y un magnetismo sin par entre sus más anodinos homólogos del resto del país.


En una era cinematográfica que nos regaló joyas como Bedtime for Bonzo y Conan el Bárbaro, estos dos gobernadores-celebridades fueron elegidos y reelegidos con facilidad. Uno de ellos, Reagan, incluso llegaría a convertirse en presidente de los Estados Unidos en dos ocasiones, creyendo con frecuencia que se encontraba en un set de filmación. El otro aspiró a hacer lo mismo pero no pudo, debido a su insalvable impedimento constitucional por haber nacido fuera del país.


No solo estos dos republicanos californianos lograron esparcir polvo de estrellas sobre sus fervientes seguidores para conquistar la mansión del gobernador dos veces: el supercool Jerry Brown, que salía con celebridades y luego se convertiría en maestro zen, los superó a todos ganando la gubernatura cuatro veces. Y bien podría decirse que el actual Gavin Newsom, telegénico y distinguido, elegido dos veces y a punto de lanzar su candidatura presidencial, es el más reciente avatar de esta venerable tradición californiana de espectáculo político. El show continúa.


Pero, por desgracia, en lo que respecta a la carrera a la gubernatura de este año, hemos caído en una sequía. Entre los numerosos candidatos, no hay ni uno solo que tenga siquiera remotamente ese escurridizo it, ese "no sé qué". ¿Qué han de hacer millones de votantes ávidos de celebridades?


Pues lo que siempre hacen en estas circunstancias: volver a votar, de mala gana y en menor número, por el "mal menor." California ha sido gobernada por figuras sin glamour durante la mayor parte de su historia. A excepción de Pat Brown, el visionario arquitecto de la California moderna, aunque no precisamente un hombre carismático, nadie recuerda sus nombres, ni mucho menos el de sus contrincantes.


Ah, bueno, excepto el tramposo Tricky Dick Nixon, desde luego, el rival de Brown en 1962: ¡el señor Anti-Carisma en persona! Merece un paréntesis:


Nixon ascendió desde la oscuridad del Congreso hasta la prominencia nacional, no por carisma ni visión, sino por su habilidad para acaparar titulares a través de artimañas demagógicas durante la histeria anticomunista del macartismo. Así llegó primero a la vicepresidencia bajo Eisenhower; luego, agitando el racismo contra las nuevas leyes de derechos civiles y prometiendo ley y orden en casa y paz en Vietnam, alcanzó la presidencia; y finalmente, tras el descubrimiento de sus fechorías del Watergate, encontró su destino en la renuncia y la ignominia presidencial.


Pero incluso toda esa historia podría interpretarse como un barato melodrama de Hollywood con final infeliz. Entre sus innovaciones políticas, además de enganchar al Partido Republicano a su "Estrategia Sureña," Nixon inventó la forma moderna de vender la presidencia y reinventar de la nada la imagen de un político de otro modo repulsivo mediante trucos televisivos descarados, un enfoque mercadotécnico hoy universalmente empleado en campañas políticas, desde el alguacil del condado hasta el presidente. Trump, el showman de la telerrealidad, es el practicante definitivo de este arte a través de sus propias redes sociales, promoviéndose y escandalizando sin cesar, como todos bien sabemos. Y los republicanos trumpistas de línea dura, un tercio del electorado, siguen sin hartarse de él.


No es de extrañar que, dados estos antecedentes y los recientes y salvajes vaivenes entre demagogos despiadados como Trump y tigres de papel moderados pero carismáticos como Obama, vastas franjas de la nación, California incluida, hayan añorado un regreso a la sencillez, la normalidad y la estabilidad. Ello explicaría la preferencia popular por Joe Biden en las primarias del 2020, con un poco de ayuda del establishment demócrata y del Comité Nacional Demócrata, frente al rebelde político Bernie Sanders, y la posterior victoria de Biden sobre el bombástico Trump en las elecciones generales.


Pero esa sencillez y ese centrismo, ante la persistente ausencia de resultados, no hicieron más que trazar su propio camino hacia la autoderrota, como ocurrió con el siempre conciliador Biden y con Harris, quienes incluso se adentraron en el carril trumpista en temas candentes para su base como la inmigración y el genocidio en Gaza, lo cual allanó el camino para el improbable regreso de Trump al poder.


Lo que me lleva a este momento: la carrera de las primarias de 2026 para la gubernatura de California. (Un ensayo posterior sobre las elecciones nacionales intermedias en noviembre analizará el impacto de la guerra en Irán, el desmantelamiento de la Ley de Derechos Electorales por parte de la Corte Suprema, y las encendidas guerras de redistribución electoral.)


Lo primero que hay que notar es la absoluta falta de candidatos carismáticos con una visión convincente: ni un Zohran Mamdani en la izquierda, ni un Arnold Schwarzenegger en la derecha.


Detengámonos brevemente en el irrelevante bando republicano. Los dos contendientes, un elegante exdefensor del Brexit respaldado por Trump y comentócrata de Fox News, y un alguacil más tosco y fiel a los Oath Keepers ("Guardianes del Juramento") que pareciera sacado directamente del reparto central, no tienen ninguna posibilidad de ganar. Incluso si de algún modo terminaran como los dos finalistas en las primarias debido a un campo demócrata muy concurrido, un escenario cada vez más improbable, inexorablemente perderían luego frente a un candidato demócrata unificado como candidatura de escritura.


Porque California no es la misma que en los tiempos de Pete Wilson. Por sus pecados sin arrepentimiento de odio al inmigrante y de demagogia del miedo, los republicanos sencillamente no regresarán al poder en California. Incluso los pocos reductos republicanos que quedan en el Congreso estatal, como en el Valle Central, enfrentan ahora ser borrados mediante redistribución electoral gracias a las anteriores artimañas de sus hermanos tejanos, sinvergüenzamente instigadas por su Querido Líder. Ya era hora, ¡espero que los californianos los echen a todos esos sinvergüenzas!


En el bando demócrata hay abundantes candidatos, ninguno con mucho carisma, visión ni, más allá de los títulos, historiales de logros sustanciales. Peor aún, todos ellos, en distintos grados, están profundamente en estado de negación, corriendo campañas surrealistas que se limitan a retocar asuntos puramente internos del estado ante los implacables y mortales ataques federales que provienen del desplegado Proyecto Fascista Trumpista Maga, su imperialismo hiperagresivo y su belicismo, su comportamiento caótico y amenazante para el mundo entero. Todos fingen que las cosas todavía son "manejables" por vías puramente electorales, sin necesidad de movilizaciones masivas ni de resistencia organizada. ¿Qué les pasa?


Y sin embargo, todos debemos votar por uno de ellos en las próximas primarias del 2 de junio. Procedamos, entonces.


Dejando de lado, por consideración caritativa, a los candidatos con bajas cifras en las encuestas, los tres principales contendientes demócratas hoy son, en orden de preferencia en las encuestas: Xavier Becerra (con el 21% del total de encuestados), por delante de Tom Steyer (15%), y Katie Porter (7%). Esta es la verdadera carrera: uno de ellos será casi con certeza el próximo gobernador de California. Y cualquiera de estos tres es infinitamente preferible a cualquiera de los contendientes republicanos. La pregunta para estas primarias es, entonces, por cuál de estos tres candidatos debemos votar. Distintas personas a quienes respeto se han inclinado por cada uno de los tres, por razones diversas. Comparto con ustedes las mías:


Para mí, la elección gira principalmente en torno a quién va a movilizar urgentemente al pueblo para plantarsele y desafiar a Trump y a su proyecto fascista maga con más valentía, audacia, determinación, capacidad y resolución que hasta ahora; quién está más dispuesto a convocar al pueblo para que se levante y resista al trumpismo maga en todos los frentes; a redirigir todas las agencias del estado para enfrentar todos los ataques contra todos los residentes de California: inmigrantes, comunidades étnicas y religiosas, trabajadores organizados, mujeres, personas LGBTQ, estudiantes, ancianos y niños, el medio ambiente, las personas sin hogar en condición de calle, los desempleados y discapacitados, etc.; a desafiar y resistir todas las transgresiones contra la democracia estadounidense, la libertad de prensa, los derechos electorales y nuestras instituciones culturales y educativas.


En este aspecto, aunque he dicho que los candidatos se encuentran en distintos estados de negación sobre esta cuestión de movilizar la resistencia, le doy la puntuación más alta a Porter, quien sí ha luchado firmemente como congresista progresista; una calificación menor a Steyer, quien solo dice que lo hará, aunque con énfasis; y la calificación más baja a Becerra, quien, si bien se desempeñó satisfactoriamente presentando la impresionante cifra de 122 demandas contra la administración Trump durante su mandato como Fiscal General de California (2017-2021), hizo poco o nada para defender resueltamente a los inmigrantes frente a las administraciones republicanas odiosas (Bush Jr.) y las demócratas timoratas o traidoras (Clinton, Obama/Biden) durante su larga trayectoria como congresista federal (1993-2016). Brilló por su ausencia como congresista, en contraste con la Porter, que lidereó el caucus progresista y libró multiples batallas.


Más aún, este esconderse vergonzosamente y carrerismo continuó cuando Biden lo nombró Secretario de Salud y Servicios Humanos de 2021 a 2025, convirtiéndolo en el latino de mayor rango en esa administración. Y tras dejar el cargo en 2025, ha permanecido prácticamente ausente durante los ataques masivos en curso contra los inmigrantes y otras comunidades durante el actual régimen de Trump 2.0. ¿Qué clase de líder latino y social es, a fin de cuentas?


Otros pueden emitir un juicio más certero que el mío sobre cómo Becerra respondió a los ataques contra sus comunidades, pero en lo que toca a los latinos, tanto de origen étnico como inmigrantes, y a su cruel e incesante persecución bajo no solo Trump sino Biden, Becerra, al igual que todos los demás demócratas centristas y liberales, reprobó la prueba de manera ignominiosa, en mi opinión. Me decepciona y asquea profundamente su pusilanimidad y sus traiciones.


Entonces, si llegara a ganar la gubernatura, mis expectativas de que realmente se enfrente a Trump y pelee con todas sus fuerzas por nosotros son las más bajas. Lo más probable, a juzgar por su supuesto historial y perfil de Boy Scout y el de sus timoratos mentores y colegas liberales atrincherados en el establishment demócrata, es que él, junto con ellos, siga siendo un apaciguador timorato del trumpismo maga, un negociador débil de nuestros derechos, cuando no un claudicador, tal como lo hicieron Biden y Harris al final de su mandato en materia de inmigración.


Espero que me demuestre que estoy equivocado y que nos sorprenda con una reserva recién descubierta de coraje resuelto y audacia en la lucha en curso, de vida o muerte, contra el fascismo trumpista maga. De todas formas, debo compartir que si se enfrenta a un republicano en noviembre, tendrá mi voto, aunque a regañadientes, sin mucha esperanza de que sea el campeón que todos necesitamos en estos tiempos álgidos y amenazantes.


Contra este duro juicio pesa fuertemente en mi ánimo mi segunda consideración primordial, que Xavier Becerra, un destacado latino de primera generación universitaria con humildes padres inmigrantes mexicanos de clase trabajadora, satisface con amplísima ventaja frente a sus dos principales rivales: (a) Steyer, un hombre blanco multimillonario que, de manera evidente y arrogante, desea comprar el camino a la gubernatura agitando de repente una política progresista para tal fin, después de haberse enriquecido, entre otras "aventuras," construyendo el Gulag estadounidense de campos de concentración para inmigrantes; lo que plantea la pregunta: ¿por qué no ha volcado su vasta fortuna en apoyo de Bernie Sanders y de los muchos otros progresistas genuinos desde 2016, como los otros multimillonarios han venido derramando su dinero a favor de los demócratas corporativos y los republicanos maga? Y (b) Parker, una mujer blanca genuinamente progresista que, lamentablemente, a pesar de los duros golpes que las mujeres han venido recibiendo durante tanto tiempo, no ha logrado movilizar a sus hermanas ni al pueblo en general, a pesar de sus mejores esfuerzos; y, por cierto, desde mi ángulo de preferencia, ¿¡toda su postura sobre la inmigración se reduce a lanzar el hueso de "abolir el ICE" y ya!?


Esta segunda consideración fundamental para mí, contrariamente a lo que Becerra incansablemente proclama, no es la "experiencia", una espada de doble filo cuando tienes pocos resultados concretos que mostrar a pesar de todos los títulos acumulados. No: es su etnicidad latina y sus humildes raíces en la clase trabajadora inmigrante mexicana. Eso es muy importante para mí y para millones de latinos en California.


Los republicanos y los liberales blancos de conveniencia podrán desestimar este factor con displicencia, como siempre lo han hecho, pero nadie que esté mínimamente familiarizado con la ardiente historia del Apartheid racial y étnico en California y en todo el Suroeste de Estados Unidos desde la guerra entre México y los Estados Unidos, empapada de tanta violencia antimexicana y despojo territorial, explotación laboral, marginación social y discriminación, puede dejar de considerar que ya es más que tiempo de elegir a un gobernador latino en California; y que Becerra es, en efecto, un candidato de origen mexicano muy digno y capaz, ahora llamado por la historia a ocupar la mansión del gobernador de California por primera vez desde que Pío Pico la ocupó en 1846. ¿Cómo desentenderse de esta oportunidad histórica?


Estas son las dos consideraciones principales que pesan en mi ánimo mientras contemplo la boleta en blanco que aún no he llenado. Todavía no he decidido por quién votaré para gobernador. Pero la llenaré antes del 2 de junio. Y ciertamente, con mucho menos drama y mucha más certeza, la llenaré nuevamente en noviembre por quien gane las primarias en el bando demócrata.


Pero les dejo con esto: no deberíamos tener que elegir así, bajo tanta presión, entre quienes aún no han demostrado ser nuestros verdaderos campeones ni merecer nuestro voto; quienes aún no han luchado por nosotros con valentía y determinación sin límites ni nos han ayudado a ganar batallas importantes e impostergables; quienes aún no han comprendido, ni se han tomado en serio de verdad, el peligro inminente que enfrentamos ni lo que está en juego en la lucha en curso contra el fascismo estadounidense. Estos no son tiempos para andarse escondiendo ni rindiendo.


Nosotros, el pueblo, debemos dejar de esperar salvadores que vengan del cielo y resolver mejor ya a poner manos a la obra para construir de nuevo un poderoso movimiento popular histórico, como lo hemos hecho en la historia de nuestro estado y país, movilizarnos desde las bases para arriba de tal manera que, a partir de nuestras luchas colectivas organizadas por la justicia social y la democracia, sin ataduras a la plutocracia ni a su corrupto duopolio político, surjan líderes populares auténticos que nos ayuden a avanzar. Tales líderes ya están presentes en nuestros numerosos movimientos sociales californianos. California está lista para liderar el camino hacia la necesaria confrontación y derrota del trumpismo maga. Solo necesitamos tomarnos en serio a nosotros mismos y dejar de jugar el amañado juego del duopolio de arriba hacia abajo.


Que hayamos seguido haciéndolo hasta hoy, en esta era de Trump 2.0 con sus asaltos sin cuartel, ha sido nuestra peor falla histórica, al permitir que nos retengan como rehenes un duopolio fracasado de camino al fascismo, absolutamente incapaz de brindarnos los resultados y de generar el liderazgo que necesitamos. Solo nosotros podemos proveer estas cosas en el fragor de la Lucha Justa que nos aguarda, independientemente de quién sea elegido gobernador en noviembre.


Esa será nuestra tarea principal hacia adelante, tan urgente y apremiante como siempre, después de que emitamos nuestros votos en estas elecciones intermedias. Al régimen fascista le queda hasta principios del 2029, si es que logramos sacarlo. ¡Elijan a quien elijan, a regañadientes de ser necesario, y luego regresen a la lucha real!

 
 

Unidad Panamericana por Diego Rivera, 1940

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